El caníbal de Arizona: el testimonio de Emily Wane


Antes de empezar quiero aclarar que todo lo que escribiré a continuación es real, y, por sobre todo, no se trata de un hecho aislado: la persona –si es que así se puede llamarlo- que atacó a mis amigas puede seguir persiguiendo y asesinando a jóvenes inocentes por el mero regodeo que le debe producir el tener las manos cubiertas de sangre, y lo que es peor, nunca ser atrapado por su metodología casi perfecta. No pensaba revelar públicamente los detalles de esta historia, en su momento ya declaré a la policía todo lo que tenía que contar. No quería hacerlo por la memoria de las víctimas, además de no ser una historia que me dé gusto contar.

Sin embargo, como se darán cuenta, me veo en la obligación de hacerlo. Debo escribir y publicar esto lo más rápido posible, pues no sé cuánto tiempo exacto me queda de vida. Sé que ahora mismo me está vigilando, y que si llego a publicar esto (en dónde sea) será bajo su consentimiento. Él sabe que no pueden encontrarlo y tal vez el hecho de leer estas palabras inundadas de horror le cause un placer impresionantemente profundo, dotándolo de exageradas sensaciones de goce que alimentan su ya putrefacto ego. Por favor tomen en cuenta lo que les voy a contar, y hagan pagar a este bastardo por todos los crímenes que cometió y cometerá. Por favor.

Como era de costumbre en los veranos, yo y mis amigas nos íbamos de ‘acampada’ a una vieja cabaña en las profundidades de un bosque (no recuerdo ahora mismo su nombre, pero si investigan un poco mi historia lo encontrarán sin problemas) que se ubicaba al sudoeste del pueblo en el que vivíamos (yo sigo aquí, escribiendo estas líneas), a unas dos horas, o tal vez dos horas y media de viaje en bus. Es un lugar encantador y aislado. Lo usábamos para escaparnos del ajetreo de fin de año, vamos, para recuperar fuerzas después de los exámenes finales de la universidad.

Sinceramente nunca pensamos en no ir al lugar; está dotado de un magnifico lago y una vista estupenda, no podíamos negarnos a pasar unos días en aquel paraíso. Lo que jamás creímos, ni en nuestras más retorcidas pesadillas, fue lo que ocurriría la noche del fatídico veinte de Diciembre, hecho que relataré a continuación, el cual es totalmente digno de una escalofriante entrega cinematográfica de terror, al estilo de Viernes/Martes 13. Lo que pasó fue indudablemente horrible, e incluso suelo tener pesadillas recurrentes al tema: he estado pensando en esto desde que ocurrió y no puedo sacármelo de la cabeza. Por suerte, el día en que finalmente mi sufrimiento culminará está a la vuelta de la esquina.

Sin más preámbulos, y ya entrando de lleno en la historia, sólo me queda aclarar que sobreviví gracias a una casualidad, a un milagro de la vida (o eso quiero creer). Lo que pasó fue tan controversial que incluso al día de hoy me sigo preguntando si fue simplemente suerte: esa noche, entonces, me vi obligada a utilizar el baño adjunto de la cabaña, que se encuentra a unos diez metros del patio trasero del terreno, entre árboles y arbustos que le daban vida a mis más retorcidos pensamientos, ya que una de mis amigas estaba ocupando el baño principal.

He de confesar que en un principio, naturalmente, me rehusé a enfrentar la oscuridad de la noche, pero tras haber esperado varios minutos me vi en la obligación de hacerlo. Cada día me agradezco por haber tenido el valor de hacerlo, ya que gracias a eso hoy estoy en donde estoy… y con vida. Puede sonar egoísta y malintencionado, pero alguien debía sobrevivir  para que las cosas fuesen aclaradas, para que el mundo sepa quién es este hombre.

En cuanto salí comencé a escuchar, gracias al ensordecedor silencio que reinaba en la zona, algunos ruidos extraños entre los arbustos de la entrada de la casa, aunque imagine vagamente que se trataba de una ardilla, o algún otro animal que vagase por la zona. Es un bosque, que joder, esos sonidos, por más perturbadores que puedan llegar a ser, son normales en zonas como esa. Además, la congestión que me provocaba el hecho a salir sola no me dejaba pensar claramente, por lo cual el asunto se esfumó rápidamente de mi cabeza.

Entré al baño con todos los recaudos que pude (inspeccioné la parte trasera, alrededor e inclusive dentro del inodoro, por si acaso) y cuando me senté escuché un ruido pavoroso proveniente de la casa, que con el correr de las horas comprendí que se trataba de la puerta principal al ser derribada. Acto seguido, una serie de inhibidores aullidos y gritos de terror recorrió e inundó mis oídos: mis amigas habían sido atacadas y yo no podía hacer nada. El pavor me paralizo, puesto que nunca antes en mi vida había escuchado un chillido semejante, y mucho menos de la garganta de alguna de mis compañeras.

Tras el lapsus inicial decidí ir a ver qué ocurría; mis amigas eran miedosas, con un poco de fortuna tan solo habría entrado una rata en la casa, y el ruido no hubiese sido más que el intento desesperado por matarla. Pero  cuando abrí la puerta y vi, por cuestiones de reflejos, creo yo, la ventana del living casi vómito del susto y el asco que me producía la escena que a duras penas podía ver. No me interesa alimentar el morbo de la gente con detalles escabrosos, incluso ni siquiera podría hacerlo correctamente, así que sólo diré que observé como un hombre esbelto con la cara anormalmente blanca (utilizaba maquillaje o una máscara, quiero creer) apuñalaba repetidamente a una de las chicas con un ensañamiento poco habitual.

Anonadada por lo que estaba sucediendo, y tras ver como hilos de sangre chorreaban por las comisuras de los labios de mi amiga, decidí ocultarme dentro del estrecho cuarto del que acababa de salir, y desde ahí, mirar detenidamente por la pequeña ventana enrejada que yacía en la parte superior de la puerta. No quería seguir viendo, pienso ahora que debería haber corrido en busca de ayuda, pero algo dentro de mí necesitaba quedarse y ver qué pasaría. Es extraño, muchísimo de hecho, aunque así fue. No puedo explicar algunas cosas, y esta es una de ellas.


Sin participar activamente fui cómplice de ese bastardo, puesto que fui testigo de cómo acribillo a cuatro personas (cabe mencionar que sólo vi como actuaba sobre una, pero vi el resto de los cuerpos) y de cómo, tras su ‘hazaña’, posó para una cámara con los cadáveres mutilados de sus recientes víctimas como si se tratasen de un importante trofeo por el cual sientes mucha honra. Al escribir esto, las lágrimas brotan de mis ojos a montones y recorren mi cara a una velocidad impresionante… pensé varias veces en dejar de garabatear letras en este papel, no obstante, no lo haré. Continuaré por el bien de todos: las víctimas, todas, necesitan reconocimiento, y necesitan descansar en paz.

Una vez finalizado su festín, el homicida se marchó por la puerta trasera, arrastrando una enorme bolsa junto a él (más tarde, también al entrar en la casa, comprendí que se trataba de dos de mis amigas y de algunos restos mutilados de las otras dos). Pasó tan cerca de mí que hasta pude oír su agitada respiración, además de observar algunos detalles interesantes de su figura, como algunos extraños y redundantes tatuajes en su brazo derecho. También tenía una especie de ‘Y’ en el techo, del lado del corazón; no estoy segura de qué es exactamente, pero tras recoger cierta información de internet llegué a la conclusión de que ese símbolo representa una hermandad o culto.

Mientras miraba con anudada fascinación esos tatuajes, unas palabras surgieron de la tranquila elipsis: “Sé que estás oculta en el baño, querida, pero a ti hoy no te haré daño, no más del que ya te he hecho. Para ti, oh, para ti tengo algo mejor, algo especial… cuídate mucho, no quisiera que algo malo te pasara antes de nuestro próximo encuentro”. Si bien mi corazón dio un vuelco y casi explota del desasosiego, me reconfortaba la idea de saber que ese tipo me había dado su palabra. Normalmente no hubiese confiado en sus palabras, aunque en ese momento fue la única forma de salir adelante. Lo que pasó al día siguiente no lo mencionaré, no lo creo necesario.

Desde esa noche he tenido recurrentes sueños con el asesino, con sus tatuajes, con su pálida cara, con la sangre que cubría sus manos y su pecho, y con su interminable pelo negro, que se confundía con la profundidad de la noche. Tal vez me esté volviendo muy paranoica, es probable, aunque, como ya mencioné, es factible que él me esté vigilando. Siento que ‘el día del reencuentro’ está cada vez más cerca, y por eso es que escribo, esa es la verdadera razón.

Mi lucha termina acá, no puedo hacer absolutamente nada más, y es por ello que dejo todo este asunto en las manos de quienes lean esto; ojalá puedan atrapar a este hijo de puta… ojalá lo hagan, por la memoria de todos sus muertos.

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