Si no se va la señora que me está mirando, probablemente esto es lo que pasó


Ahora mismo estoy en mi cama, intentando dormir, no sé si es mi cabeza, no sé si sólo estoy cansado...no, no puede ser eso, esa mujer no puede ser producto de cansancio, debe ser una de esas muchas veces que algo desconocido se queda mirándome, se acercan, me miran y me miran más; estoy hartándome de ello, pero nunca se quedaban mirándome en mi cama, o en mi casa pero cada vez que lo hacían era más cerca de mi casa ahora que lo pienso, empezó hace un año en un viaje a Nuevo Vallarta, era un viaje divertido pero una de esas noches decidí ir a caminar fuera del cuarto por las instalaciones del hotel, pasó una media hora y vi a una mujer pasar por los cuartos vestida con pantalón de mezclilla y una blusa fajada en su pantalón...pero lo raro fue que estaba de cabeza, caminando con las manos en el suelo y los pies al aire, cuando la vi pensé en preguntarle porque haría eso a las 11:30 de la noche pero cuando conectamos las miradas se acercó corriendo de cabeza hacia mi hasta quedar a cinco metros aproximadamente de distancia, salté del miedo y estaba esperando un ataque de esa mujer extraña pero sólo sentí frío, ni pude caminar lejos de ella por 2 minutos, estaba petrificado aceptando mi muerte pero no hizo nada, caminé lejos de ella hacia el cuarto y cuando volteé atrás no la vi. 

Esa fue probablemente la primera vez que vi algo así y siento que esa mujer está relacionada a lo que siguió pasando de ahí hasta el día de hoy, esa mujer que vi por primera vez se veía como una mujer normal, con blusa, maquillaje, pero tenía la mirada muerta, como si la luz de sus ojos ya no existiera con las pupilas dilatadas al máximo, luego empecé a ver a diversos tipos de asechamientos desde niños hasta hombres obreros y una vez fue un anciano, todos con una característica en común, los ojos...muertos, incluso empezaba a acostumbrarme, cada uno tenía nuevas posturas, nuevas contorsiones corporales, después de ellos aparecían los que tenían ojos rojos, la mirada muerta pero los ojos rojos sangre. 

En el lugar mas recóndito de los Sueños


Soy un hombre que trato de no pensar demasiado las cosas, considero que cuanto mas se medita sobre un tema, mas difícil se torna tomar una buena decisión. He venido del a ciudad, el ajetreo del centro me estresaba demasiado así que decidí irme a vivir a una zona mas calmada, no en el campo sino en un barrio menos poblado en la misma ciudad.

Es un barrio sospechosamente tranquilo, las casas son bajas y todavía hay calles de tierra, lo cual me extraño bastante, era un concepto raro para mi, el chico de ciudad.

La casa en la que me encontraba era bastante amplia para mi, un living grande, una pieza amplia y un baño normal. Yo lo considero bastante bueno, ya que soy un hombre soltero.

Pasaron varias semanas y yo ya me encontraba instalado, ya había sacado todo de las cajas, ya tenia Internet y todo lo necesario.

Pero hablemos del barrio, era bastante extraño, cuando salia a hacer mis compras mis vecinos me miraban, incluso si estaban en la otra cuadra o estaban de espaldas hacia mi, se giraban para mirarme, todos me miraban siempre de forma extraña, como si fuera el centro de todo lo que hay alrededor.

En cuanto al ambiente, si estaba mas tranquilo a pesar de este detalle incomodo, pero en este lugar, el tiempo parece transcurrir lentamente, como si todo estuviera en cámara lenta y las cosas que están en movimiento, como los autos o incluso las hojas de los arboles, parecen difuminadas en el tiempo.

Cabe mencionar, que en este lugar, no hay nunca un día o una noche precisamente, parece como si siempre estuviera amaneciendo o anocheciendo.

Aunque cabe destacar que la mayor parte de mi tiempo fuera del trabajo, osea ya en mi casa devuelta, o estoy durmiendo o ni siquiera salgo a la calle.

Mi estrés comenzaba a aparecer de nuevo, ya las miradas eran miradas fijas y enojadas, como si estuvieran viendo algo que les molesta.

Empiezo a perder la noción del tiempo y comienzo a perderme en pensamientos y las cosas cambian como si cumplieran algún tipo de patrón en este inhóspito lugar.

Parece estar siempre de noche, ya no veo salir ningún sol salir por el horizonte en las mañanas. Tampoco veo ningún sol irse cuando anochece. Las cosas están cada vez peor, y el lugar se vuelve cada vez menos habitable para mi.

Pero lo que mas me inquieta, es la casa de enfrente de la mía, mi ventana da a la calle y esa casa vieja, parece que hace mucho esta deshabitada y abandonada aunque desde que me mude nunca la he notado hasta esa noche.

Habia alguien en la ventana corriendo la cortina negra de la habitación, pareciera mirarme fijo, pero con una mirada vacía y llena de incomodidad, pues esta cara no tenia ojos, tenia la boca permanentemente abierta. Me quedé varias horas mirándola, y no hacia ningún movimiento, llegué a pensar que se trataba de una broma de mis odiosos vecinos, pero no.

Dejé de ir al trabajo, pues ya nunca amaneció esa noche, y ese rostro persistia a través de las cortinas negras, ese rostro palido y espeluznante.

El perseguidor | The Pursuer.


Esa noche, las últimas franjas de luz pálida se debilitaban en la vastedad de la ciudad. Las calles, aún húmedas por la lluvia reciente, destellaban tenuemente. El alumbrado público no había cobrado vida, y las calles permanecían suspendidas en ese apasionante momento desenfocado entre la luz y la oscuridad.


Iba camino a mi casa luego de lo que había sido un día de trabajo difícil, dejándome exhausto y desalentado. Daba pasos largos y mis manos iban recogidas en mis bolsillos a manera de puños, enterrados al fondo de la tela. Hacía frío. No un frío mordaz; uno asesino. Un frío que deslizaba sus níveas manos trepando ligeramente por mi piel —murmullos de tacto que ocasionaban piel de gallina y sospecha—. Pude sentir mi ritmo cardíaco acelerarse, mi aliento agitarse.


Me detuve, cerré los ojos y escuché el crujido ahogado de una pisada detrás de mí. Luego nada.


Alguien me seguía.


Me preparé para salir corriendo, con todos los resortes y engranajes girando, y ahora era inconfundible. Definitivamente tenía a un perseguidor.


No miré atrás, solo corrí. Mi pie golpeó el pavimento con fuerza, chirriante. Corrimos juntos, mi perseguidor y yo; un baile maníaco de alto riesgo. Por carreteras, callejones y sobre latas de basura. Al final, llegamos a mi calle. Salté apoyando el brazo sobre una valla, atravesé un patio. Llegué a mi entrada; una inspección frenética de mis llaves. No lo dudaba, si solo podía llegar a mi sótano antes de ser capturado, estaría sano y salvo en casa.


Corrí a la puerta de mi sótano, empujándola de su marco, y luego recorrí las escaleras saltando los dos últimos escalones antes de ocultarme en las sombras.


Mi perseguidor detuvo su ritmo en tanto se acercó a los escalones de mi sótano; con cada pisada, descendía todavía más hacia el brillo turbio. Un débil rayo de luz que caía, resplandeciente, desde la entrada del sótano me permitió ver la mano de mi perseguidor cepillando y palpando su camino a través de la gélida pared del sótano, buscando el interruptor de la luz. Escuché cada aliento que tomaba —irregular, pesado y húmedo—.


Cuando su mano descubrió el interruptor

He estado recibiendo cartas extrañas de la prisión de St. Louis


Quizá bajé mi guardia por el hecho de que llegó a las tres de la tarde. No tocó la puerta con la fuerza que se esperaría de un hombre de su estatura —postrándose ante mí con sus casi dos metros, de hombros anchos y de nudillos macizos—. Cuando le pregunté cómo podía ayudarlo, metió su mano en el bolsillo de su abrigo, sacó un sobre y me lo pasó. ¿Quién viste con abrigos en agosto? Tomé el sobre y le di un vistazo. El frente había sido estampado varias veces con información del Centro Penitenciario de St. Louis. Una carta de prisión; fantástico. No conocía a nadie que estuviera en prisión. Luego, me fijé en una nota adhesiva sujetada con un clip al reverso del sobre. Simplemente decía:

«Por favor permita que el mensajero esté presente para que sea testigo de la lectura de esta carta».

Miré hacia la figura del hombre que se imponía en mi pórtico. Aunque era grande, no parecía ser amenazante. En todo caso, su sonrisa tranquila me hacía pensar que era un tanto amigable. Le pregunté si sabía algo del contenido de la carta, pero el hombre alto se encogió de hombros. Asentí y lo invité a entrar.

En la cocina, nos sentamos en la mesa uno frente al otro. Le ofrecí algo de café, pero declinó en silencio. Observándolo una última vez, pelé la solapa trasera del sobre y extraje la carta de diez páginas garabateadas con caligrafía apresurada sobre papel amarillo rayado. La carta empezó:

El Burdel de las parafilias: Hibristofilia, masoquismo y Bundy [Capítulo 3] (+18)

ADVERTENCIA: Lo Que Se Publica En Esta Pagina, Tiene El Fin De Entretenimiento.
La sigiente historia no se recomienda leer para personas moralistas o de mentes debiles.
Contiene descripciones graficas y sexuales, No nos hacemos responsables por daños mentales.
ATTE: Kevin Mendoza

Ahí estaba Alyssa Romanova (Liss) entrevistándose con una nueva clienta. Recibía a unos cuarenta al día, de los cuales apenas la mitad aceptaban los términos del acuerdo, y muy pocos eran los que hacían peticiones interesantes. Frente a ella se encontraba una joven de diecinueve años —bastante delgada— que evitaba hacer contacto visual y llevaba una falda corta y una camiseta de tirantes: su nombre era Jazmín Auz.

—De acuerdo, señorita Auz, ¿vino porque tiene algo en específico en mente o quiere que le sugiera alguna de nuestras parafilias más populares?

—He pensado en algo, pero es… es algo imposible —Al escuchar esto, Alyssa apenas evitó hacer un sonido de molestia; escuchaba esa palabra muchas veces al día y rara vez precedía a una fantasía difícil de realizar, normalmente se referían a alguna situación incestuosa o de adulterio, nada que un buen secuestro no pudiera solucionar. Muy raras ocasiones había circunstancias más complejas, pero no había imposibles para ella.

—Esa palabra no existe para nosotros —respondió Liss con completa convicción.

—Quiero tener sexo con Ted Bundy —le respondió Jazmín mirándola por primera vez a los ojos, desviando de inmediato la mirada y retomando su tono tímido—. Bueno, no tendría que ser él, no quiero tener sexo con un esqueleto… podría ser un imitador.

—Ted Bundy, buena elección. ¿Tiene alguna otra petición?

—Sí, quiero que sea agresivo, pero no lo suficiente como para hacerme daño permanente.

Liss le dijo que su habitación estaría lista pronto y le indicó que esperara en la sala dos. Jaz entró tímidamente a aquel lugar ruidoso y tomó asiento lejos del resto de la gente. En el escenario había una mujer desnuda y amordazada, de pie, con los brazos y piernas atados a los extremos del lugar; a su lado había una mujer con un vestido diminuto de cuero, que portaba una máscara de conejo negra que solo dejaba al descubierto sus labios, y a la orilla del escenario había una anciana de aspecto maligno, sentada en una mecedora con una canasta llena de utensilios diversos.

La coneja se acercó a la mujer encadenada con un machete gigantesco, acarició su cuerpo y mordió uno de sus pezones haciendo que se estremeciera. Se introdujo dos dedos a la boca para humedecerlos y empezó a manipular el clítoris de su esclava, que a pesar del temor, no pudo evitar sentir placer. Con la mano libre, alzó el machete y lo dejó caer sobre el muslo izquierdo de su víctima, rebanándolo cual filete, y provocando que se retorciera frenéticamente y gimiera de dolor. Le arrojó el trozo de piel a la anciana, que comenzó a manipularlo con sus arrugados y deformes dedos.

La torturadora siguió desollándola como si fuera un animal, jalándole la piel y utilizando el machete cuando era necesario, mientras que su víctima lloriqueaba suplicante. Arrojaba los trozos de piel a la anciana, que movía las manos con una velocidad anormal y no permitía ver lo que hacía con aquellos restos humanos.

El escenario estaba salpicado de sangre y la víctima ya no reaccionaba demasiado; Jazmìn estaba impresionada, quería tocar aquel cuerpo rojizo y viscoso que apenas conservaba piel en los brazos, pies y rostro. La sádica liebre tomó unas pinzas de entre las herramientas de la anciana, le quitó la mordaza a la figura ensangrentada y comenzó a arrancarle los dientes uno por uno, arrojándoselos a la anciana que los tomaba y usaba para un propósito desconocido. Cuando terminó con la dentadura, la observó detenidamente: ya no conservaba fuerza alguna y apenas era sostenida por las largas cadenas. Acarició su rostro agonizante con sangre fluyendo de las encías lastimadas, y lo besó procurando lamer toda la sangre en él. De pronto la voz de la anciana la interrumpió, había terminado su extraño cometido.

De pie se podía notar que la anciana no podía medir más de un metro cincuenta. Ella caminó hacia la enmascarada sosteniendo el montón de piel humana, desató su pequeño atuendo de cuero que cayó al suelo, dejando ver un juvenil cuerpo perfecto, y, en su lugar, colocó los trozos de piel que había convertido en un vestido. Le quitó la máscara y la remplazó por una diadema que había decorado con los dientes arrancados. Al retirarse la anciana, Jazmín pudo notar que la sádica coneja era tan solo una jovencita de quince años.

Con el vestido de piel y la diadema parecía una versión gore del hada de los dientes. Caminó por el escenario como si se tratara de una pasarela, y, finalmente, hizo una reverencia ante el público que estalló en aplausos. Jaz estaba maravillada ante el espectáculo y se unió al entusiasmo general, hasta que una voz aguda la asustó.

—Señorita Auz, su habitación está lista —le dijo una criada—. Le corresponde la docientos siete, sígame.

Jazmín la siguió hasta el segundo piso, entonces le fue entregada una tarjeta y una pequeña llave, ambas con el número docientos siete en ellas; le pareció un poco extraño que la acompañara hasta ese punto, pero no hasta su habitación, mas no le dio importancia y se dedicó a buscar su habitación.

Todas tenían grandes puertas metálicas, lo que la puso un poco nerviosa, pero siguió caminando hasta la docientos siete y deslizó su tarjeta por la ranura indicada; la puerta se deslizó automáticamente. Jaz dio un par de pasos hacia dentro y la puerta volvió a cerrarse, asustándola. Tras un pequeño pasillo había una puerta de madera con un letrero en ella, «T. Bundy»; por un momento se sintió como Clarice visitando a Lecter, pero a diferencia de ellos, aquí no habría un vidrio entre ambos. Introdujo la llave en la cerradura, rogando por que la fama del lugar estuviera justificada y que no apareciera frente a ella un imitador de Bundy regordete y grotesco. Giró la llave y entró al lugar.

Era un cuarto de hotel como cualquiera, con escasos muebles (tal parecía que hasta ahí había llegado su presupuesto) y pudo ver a un hombre en cuclillas que parecía muy abstraído en alguna actividad, pues ni siquiera volteó cuando ella cerró la puerta. Estaba de espaldas, así que Jazmín se acercó cautelosamente intentando descubrir qué era lo que hacía. Cuando estuvo a apenas un metro de distancia, lo averiguó con horror: estaba agazapado sobre el cadáver de una mujer, extrayendo sus intestinos con la ayuda de un largo cuchillo.

Jaz no pudo reprimir un grito y el hombre giró hacia ella, era increíblemente parecido a las fotografías y videos que había visto de Ted Bundy; el cruel asesino salpicado de sangre dejó al cuerpo inerte y se acercó a ella, aún sosteniendo su afilada arma. La mujer estaba paralizada por una oleada de excitación y terror, que aumentó cuando él la sostuvo fuertemente de la cabellera y la besó con brusquedad, para luego abofetearla con tanto ímpetu que la derribó.

El rostro de Jazmín ardía y palpitaba deliciosamente por el dolor, y deseó a ese hombre más que nunca. Él se arrodilló frente a ella, recorrió sus piernas desnudas lentamente con el cuchillo hasta llegar a su falda, que cortó violentamente causándole heridas en los muslos, en tanto que su ligera camiseta cedió con facilidad ante el filo, al igual que su ropa interior.

4:03 am



Eran las 4:03 de la madrugada y me desperté gritando. Fue un sueño.

En mi sueño, vi a todo aquel que conozco o amo ser asesinado por una criatura. Su cuerpo era de baja estatura aunque voluminoso, con largos brazos delgados que terminaban en garras similares a espadas. Sus ojos eran aberturas que despedían un rojo vibrante en la oscuridad, y exhibía hileras de dientes afinados como cuernos.

Me observaba antes de aniquilar a mis allegados, y reía cada vez que los mutilaba blandiendo sus garras.

¿Y cómo nos había encontrado? Me engañó para que lo dejara entrar a mi habitación imitando la voz de mi papá. No podía entrar sin que se le concediera el permiso, me dijo esto cuando estrujó el corazón de mi mamá. El sueño acabó con la criatura produciendo su cacareo burlesco y moviéndose lentamente hacia mí, raspando el suelo con sus garras. Yo grité y me levanté. Estaba en mi dormitorio, a salvo una vez más.

4:03, escuché que llamaban a mi puerta. Me congelé al instante.

Tan Cerca…


El carrito de la compra se encontraba a tan sólo diez metros de Sara. Lo necesitaba para
cargar suministros, hasta su austero, deprimente e insalubre, refugio. Pero el carrito…el
maldito y necesario carrito, estaba encadenado en perfecta hilera a otros veinte más.
Llevaba con ella unas cizallas para la ocasión. Estaba preparada, ella siempre lo estaba,
por eso había sobrevivido al fin del mundo. Aunque el mundo seguía allí, los pájaros
cantaban, y los gatos y ratas, reinaban sobre la inmundicia y la enfermedad, pero los
muertos habían adoptado la mala e indecorosa costumbre de no permanecer muertos en
perfecta descomposición, célula a célula. Seguían siendo apestosos, e incluso se
descomponían lentamente bajo el Sol. Pero para desgracia de Sara, aún se movían y
buscaban la compañía de toda persona viva y desgraciada que se encontraran en su
rutina diaria, que consistía básicamente en deambular y soltar un sentido:

“Hugn…mmm…Hugn…”.

El muerto daba vueltas alrededor de los carritos en fila. Llevaba puesto su uniforme de
trabajo. Un polo azul y unos pantalones negros. Condenado a seguir por siempre, -o
hasta que su cuerpo se desparramara finalmente, haciéndose uno con el asfalto- en su
puesto de trabajo, cerca de los carritos de la compra. Sara nunca había tenido que
enfrentarse a ningún muerto que se negaba a permanecer tumbadito sin molestar.
Siempre había tenido la posibilidad de escapar, o pegar un rodeo. En su mano derecho
aferraba las cizallas, sin duda podría usarlas como arma. Pero no quería, no podía.
Quizá, si lo atrajera y después volviera corriendo hacia los carritos, tendría una
oportunidad de cortar la cadena en el tiempo transcurrido hasta que el diligente
trabajador, volviera a su perenne puesto de trabajo. Sara se armó de valor, se acercó lo
suficiente como para poder leer el nombre en la chapita de identificación. Se llamaba
Armando.

Armando se giró torpemente con la mirada perdida hacia Sara, emitió su típico,
“Hugn…mmm” y arrastró sus pies descalzos y desollados hasta la muchacha que tenía
enfrente suyo. Sara se preguntó el por qué de sus pies descalzos, quizá en algún
momento había necesitado todo el sigilo de que sus pies eran capaces, pero a juzgar por
los mordiscos en brazos y pies, no le había salido muy bien la jugada.

Sara lo atrajo con facilidad, alejándolo unos cincuenta metros de su principal objetivo
vital en aquellos instantes. Se sonrió con nerviosismo mientras recordaba cuales habían
sido sus anteriores objetivos vitales antes de aquello, irónicamente le parecían
gilipolleces sin importancia. Volvió corriendo hasta los carritos. Intentó con todas sus
fuerzas cortar una de las cadenas, pero no era capaz de romperlas por mucho que lo
intentaba. Armando ya estaba de vuelta, casi encima, de nuevo en su puesto de trabajo a
perpetuidad. Hacía mucho calor, demasiado, era verano. Sara no recordaba el mes, sólo
sabía que la temperatura llevaba siendo insoportable demasiado tiempo ya. No había
una sola nube y debían de estar a unos enfermizos 37º. Repitió el mismo proceso 5
veces más, con idénticos resultados. Se sentía mareada, Armando seguía tras ella,
siempre tras sus pasos, pues jamás se separaría de ella y su puesto de trabajo.
“Si tan sólo pudiera derribarlo de un golpe seco en ésa geta de imbécil…”

Diario de una chica gorda | Diary of a Fat Girl.


Querido Diario,

Así es como se supone que debo comenzar esto, ¿cierto? Nunca he mantenido un diario antes, ni quiero hacerlo, pero el hospital dijo que tengo que hacerlo como parte de mi “plan de tratamiento”. Gracioso.

Déjenme rebobinar un poco.

Siempre he tenido sobrepeso, desde que era un infante. Asistí a una escuela cristiana estricta, y afortunadamente nunca fui víctima de bullying debido a esto (pero siempre puedes notar a los demás niños mirándote).

Empeoró a medida que crecía, simplemente parecía que me expandía hacia todas las direcciones, excepto hacia las que quería. Así que no solo soy gorda, sino que también soy muy baja. Te has de imaginar que esto no le hizo bien a mi autoestima.

Por culpa de mi peso, siempre he odiado las clases de Educación Física. Antes que nada, está el que tengas que desvestirte frente a las demás chicas bellas y delgadas que me veían de reojo. Dios, me da pena escribir esto. Podía sentir todo mi cuerpo emanar rojo cuando sentía sus ojos fijados en mí. Luego venía el ejercicio como tal. Me daban dolores de pecho terribles y no podía correr más de cien metros, y ni siquiera intentaba los deportes en equipo (nadie me elegía de todas formas).

Probé dietas. Todas las dietas que te puedas imaginar. Atkins, sopa de calabaza, 5:2… Nómbrala, y la he intentado. Pero nunca funcionan, siempre termino cediendo y subiendo de peso.

Las cosas se pusieron muy difíciles hace dos años. Empecé a tener dolores de pecho fuertes y me llevaron al hospital en un apuro. Los doctores dijeron que mi peso estaba en un nivel peligroso y que mi corazón sufría en consecuencia. Tuve que cambiar mis hábitos. Mis papás me rogaron que lo hiciera. Compraron todos los alimentos indicados e incluso me vigilaron a veces mientras comía. ¿Pero cambié? No. Aún era la glotona obesa que siempre había sido.

Aumenté de peso. Sé lo que estás pensando. Por qué. Por qué me hacía esto a mí misma. Por qué no solo me hacía sufrir a mí misma, sino que sometía a mis padres a ello también. Bueno, Diario, te lo diré. ES PORQUE TENGO CERO AUTOCONTROL, OBVIAMENTE. Joder. Me odio. Puedo sentir mis rollos de grasa. Odio ir de compras por ropa. Nada es de mi talla. A veces, me siento en mi cama y me lamento por el poco control que tengo sobre mi vida.

3/20/15

Lo siento, Diario, olvidé poner la fecha la última vez, pero han pasado casi tres semanas. Me mandaron al hospital de nuevo por mis dolores de pecho. Los doctores fueron duros, vi psicólogos sobre mis problemas de peso. Más allá de eso, no hay mucho que reportar… sigo siendo una gordita. ¡Y quizá siempre lo seré! Te actualizaré cuando haya perdido algunas libras… puede que tarde un poco.

Una historia de mi abuela.


Gracias al cielo tengo a mi abuela viva, porque sin ella no habría
escuchado esta historia que os vengo a contarles.

Mi abuela se llama Dory, vivió su infancia en una hacienda humilde,
contaba al menos con dos cerdos, una yegua, dos perros, y sobre
todo sus gallinas, fuera de la ciudad, en ese tiempo su hermana
(María) tenía unos 5 meses de nacida.

Ella me contó que ese día obtuvo el susto más grande que pudo
sentir.

Era un día común de la semana, supuse que mi mamá llegaría tarde
ese día, debido a que caía agua del cielo de manera increíble, tanto
que la gotera en la cual caía una gota de vez en cuando, esta vez era
un chorro de agua, además, gracias a esa inmensidad de lluvia que se
precipitaba con gran fuerza, esa gran gotera consiguió dos
compañeras, una cerca de la entrada y la otra en la entrada de la
cocina, agradecí a Dios que esas goteras no hayan parecido en las
dos únicas habitaciones que teníamos.

La lluvia no cesaba, el frió era casi lúgubre y eran ya las 9:30 de la
noche creo y mamá aun no llegaba, levanté a María y la llevé a la
habitación y la arropé, sin embargo, maría comenzó a llorar, pensé
que quería comer algo, así que fui a la cocina y me dispuse a cocinar
algo para María.

Cuando encendí la estufa llegó mi madre, entró y cerró la puerta con
rapidez para que no ingresara mucha agua a la casa, se quitó el
abrigo y las botas empantanadas y se secó un poco el cabello, se
acercó a la cocina y no alcanzó a decirme nada porque sonó algo en
el techo, ese sonido fue como si algo hubiese caído directo al techo,
fue un sonido abrupto y ensordecedor.

Pensamos que estaban cayendo del cielo lluvia y granizo, aunque, sí
estaba lloviendo muy fuerte no había ningún indicio de granizo en el
suelo. Nos mantuvimos en silencio un momento mientras

deducíamos que fue lo que había caído sobre nosotras, los perros,
curiosos, estaban mirando hacia el techo, mi madre y yo estábamos a
punto de hablar cuando sonó nuevamente el techo, pero esta vez era
un sonido particular, eran pasos, indudablemente era el golpeteo de
pies caminando, los perros igual que nosotras estaban mirando hacia
el techo siguiendo con el oído el sonido, no obstante, los perros
ladraban histéricos.

Luego el sonido se detuvo, pero cambio a una voz femenina, no
decía nada, sin embargo, se entendía muy bien este sonido, y era:

“ja. Ja. Ja. Ja”.

Cuando escuchamos esa risa malévola de inmediato se apagaron
todas las luces de la casa, y se abrió de par en par la ventana en el
cuarto del bebe, mi madre me dijo: -Dory, ve por la niña.

Sin pensarlo fuimos corriendo hacia la habitación del bebe, tome de
la cama a mi hermana y mi madre cerró la ventana y la bloqueó. La
luz no regresaba así que mi madre fue por una vela y la encendió,
cuando nos iluminó a mi hermana y a mí, quedó asustada, pálida e
inmóvil. Yo al ver el rostro de mi madre quede perpleja no sabía que
pasaba, visualice a lo lejos a los perros gruñéndome, ladrándome y
mostrándome fuertemente los dientes, estaba asustada. Luego miré a
mi hermana, se me erizó la piel, se me heló la sangre y me dio un
escalofrió del cuello hasta la punta de los pies.

"El bosque de Los corazones Negros"


En los lugares mas reconditos de nuestro planeta, se encuentran locaciones completamente inexploradas por la mayoria de seres humanos.

Ya sea por la dificil forma de ingresar a ellos o simplemente por algo mas logico y comprensible. Son totalmente oscuras y extrañas...

El bosque de "Los corazones negros" es uno de ellos. Un lugar al cual exploradores de todo el mundo, solo llegaron a su entrada y de ahi, no avanzaron mas. Lleva este nombre por que se dice, que todo aquel que entre aqui, no podra nunca jamas ir al paraiso. Se dice que en otro universo alterno, esta es la entrada al mundo de los muertos, un lugar aun mucho peor que este extraño y aterrador bosque.

Muchos exploradores afirman que, apenas estar cerca del puente que a su vez es la entrada a este mitico lugar, se siente una pesadez enorme y una angustia insoportable. Y eso no es todo, ellos afirman que se escuchan lamentos macabros, como si se tratase de un lugar de extremo dolor y sufrimiento y ademas, risas y gritos de esclavistas gozando de su bizarro trabajo. Golpear sin parar a esas almas perdidas en ese tragico limbo de angustia y sufrimiento.

El mito de este bosque tambien agrega que, toda persona que entre aqui, sera perseguido por las almas mas rebeldes del Reino de los muertos y que, sus predecesores correran el mismo destino. Es un lugar donde no se distingue el dia de la noche, donde siempre hay baja temperatura y mucha niebla y en algunos lugares, se siente extremo calor y humedad insoportables para cualquier ser humano.

Aunque hubo un hombre, un hombre que tuvo el coraje y la valentia suficiente para entrar a este lugar y ademas, logro salir con vida de tan pertubador lugar.

En ese lugar estuvo 4 años intentando salir, pues el dice que era un lugar que cumplia patrones leberinticos y fantasmales. Parecia que el lugar tenia vida propia.

Teoria de las cuerdas | String Theory.


¿Alguna vez has tenido una experiencia que sugirió que alguien más estaba en tu casa, y solo pensaste «no quiero saberlo», haciéndolo a un lado? A veces, el miedo a lo desconocido parece ser la opción de preferencia ante el peligro real y concreto. Pero por lo general no sucede nada. Una vez, la función de alarma del teléfono inalámbrico de mi casa se disparó cuando yo estaba solo. Solo se podía llamar desde la sala de estar. En otra ocasión, juraría que alguien me robó un dinero del escritorio. Probablemente solo son pequeñas jugarretas desconcertantes de la memoria.



¿Pero qué harías si algo realmente sugestivo llegase a pasar? ¿Correrías, o solo lo ignorarías, como yo hice?

El lunes anterior fue un día normal. Me levanté, me lavé los dientes, me puse mi uniforme escolar… Todos los pequeños detalles de mi ritual de mañana. Me pareció que sería otro día totalmente irrelevante, hasta que vi las cuerdas.

Había tres o cuatro cordeles gruesos en mi habitación. Se cruzaban entre sí desde las paredes alrededor de mi cama y uno estaba enlazado a la puerta. No había manera de que los hubiera ignorado antes; tuve que haberme tropezado en ellos. Estaban atados a clavos en las paredes, los cuales tampoco existían hace diez segundos.

Nadie pudo haber estado en mi cuarto mientras yo estaba en él, ni mucho menos colgarlos. Pero era temprano y mi cerebro no procesaba las cosas correctamente. Solo ignoré el panorama, desaté las cuerdas y me fui a la escuela, dejándolas hechas una bola en mi escritorio.

No mejoró después de eso. Afuera de mi hogar había cientos de ellas, atadas entre casas, alrededor de autos, a lo largo de las calles… Esto tenía que ser una broma bastante elaborada. Uno de esos programas de cámara oculta. Y también habían metido a todos los demás en ello: los transeúntes iban atados, amarrando las cuerdas en objetos hacia los que se dirigían y de los que se alejaban, como si estuvieran siguiendo el flujo que había sido desplegado para ellos.

Continué, nervioso, mi camino hacia la escuela. En el bus, todo excepto yo estaba atado a la puerta. En la escuela, grupos de amigos estaban atados entre sí; los profesores atados a mesas y pizarrones. Curiosamente, lo único que me preguntaba para ese punto era por qué yo había sido excluido.

Cuando mi amiga Lucía se sentó a mi lado en la primera clase, solo tiró su mochila en mi regazo y descansó su mentón en su mano viendo a través de mí, hacia la ventana que daba a la intemperie.

—Ey, Lucía.

Ninguna respuesta.

—Vamos, no esperaba que a ti también te convencieran de esto.

Suspiró y empezó a sacar libros de su mochila. Todos los libros estaban atados a sus manos. Sonreí y arranqué una de las cuerdas de un libro. No pareció notarlo; en su lugar, omitió el libro por completo y lo dejó caer al suelo sin vacilar.

—Um.

Me agaché, recogiendo su libro y colocándolo de vuelta en su escritorio. No lo notó.

—Bueno, si así es como quieres jugar.

Sonreí, tratando de verme bromista, pero en realidad solo quería ocultar mi nerviosismo. Agarré todas las cuerdas atadas a ella con una mano y las retiré de su cuerpo.

—Joder, Martín. Eres como un ninja o algo.

—He estado sentado aquí más o menos por cinco minutos. —Sonreí de nuevo, aliviado de que mi amiga me haya «notado».

—¿De dónde salieron todas estas cuerdas? —resopló, aparentemente ignorante de ellas hasta ahora.

—Pensé que todos ustedes me la estaban jugando…

Se puso de pie, moviéndose hacia una esquina. Nadie más en la clase lo notó.

—¡No estaban aquí hace un minuto! ¡¿Tú las ves también?! —Su tono hacía evidente que su temor era genuino.

—Sí. ¿Pero tú no…? —fui interrumpido por mi profesora cerrando la puerta detrás de sí. Todos en la clase, a excepción de Lucía y yo, murmuraron un saludo e, incluso entonces nadie pareció notarnos.

—Todo el mundo me ha estado ignorando hoy —le dije a Lucía antes de girarme hacia mi profesora—. ¡Oye, perra! ¡No sabes enseñar ni mierda!

Ninguna reacción.

—Me voy a alejar de toda esta mamada. —Lucía movió algunas cuerdas fuera de su camino y abandonó el salón. Yo la seguí. Para mi irrefrenable asombro, nadie lo notó.

Deambulamos por los corredores, entrando y saliendo de las clases que quisiéramos. Siempre que desuníamos una silla o un libro de alguien más, era como si de pronto no les importara. Ya no existía.

Encontré a una chica que conozco en una porno



Muchos aquí en Reddit hablan de encontrar personas que conocen en /r/gonewild, o en una porno, o algo. Pero les puedo asegurar de primera mano que no siempre es como las personas dicen que es.

Tenía once años el verano que Kathy Ritter, de mi misma edad, huyó de casa, fue secuestrada, o fueran cuales fueran las mentiras que los periódicos estaban publicando aquel mes. Entre eso y que la familia Ritter se hubiese mudado luego de que el rastro se congeló, nunca comprobamos qué fue lo que pasó. Y, eventualmente, nos olvidamos de ella.

Años después, la vi de nuevo. No de manera breve, en persona, sino que en línea. En un video pornográfico.

Yo tenía dieciséis años y el video se veía reciente. Al menos, tenía una fecha de publicación reciente. Lo cerré y apagué mi computadora de inmediato. Estoy avergonzado de admitir que no fue a raíz de mi preocupación por Kathy, fue porque tenía miedo de lo que me pasaría si se me descubría viendo lo que técnicamente era pornografía infantil.

Eso ocurrió semanas antes de que la curiosidad y una noción estúpida de heroísmo adolescente —podría ser yo quien finalmente descubriese lo que le pasó a Kathy— me sobrecogieran, y regresé al mismo sitio web. Ella era sorpresivamente fácil de encontrar. Participaba en muchos videos bajo seudónimos como Katty Kathy, Kitty y similares.

Fue inútil. Todos los videos tomaban lugar en el mismo sótano, en la misma cama. Los videos eran todos iguales, más o menos. Kathy usando trajes. Kathy y otra chica. Kathy y dos hombres. Otros videos utilizaban intereses más radicales, como Kathy teniendo relaciones con un minusválido o algún actor vestido de caballo, pero no me molesté en verlos.

Sin embargo, Kathy nunca hacía juego de roles de manera activa, incluso cuando usaba trajes de enfermera o lo que sea. Ni siquiera hablaba en ninguno de sus videos. Me di cuenta de que apenas hacía sonidos —no gemía ni respiraba agitadamente—. Cuando otros actores la penetraban o utilizan otras cosas para hacerlo, no había ninguna reacción de parte de ella además del ocasional ceño fruncido.

Y, de vez en cuando, ella veía hacia la cámara. No era una mirada de enojo o resentimiento, o de súplica, como uno esperaría de alguien que estuviera siendo forzado a participar en porno. Al final, la identifiqué.

Era resignación.

Tuve que dejar de ver sus videos después de eso. Ahora estaba seguro de que eso no respondía a su voluntad, que ella había sido capturada y encasillada dentro de esa vida. Pero no había forma de que lo demostrara o de descubrir en dónde estaba.

Reporté los videos a la policía, pero nada salió de ello. Dijeron que no había manera de probar con seguridad quién era la chica de los videos. Yo sabía que era Kathy; ellos solo habían decidido hace mucho tiempo que Kathy estaba muerta y que el caso había terminado.

Traté de presionarlos, pero me dijeron que me detuviera. «Niño, piensa en sus padres. ¿Porno? Para muchos, creer que tu hija está muerta es más confortante».

Rastreé a la familia Ritter. Mi mamá me dijo que sus nombres eran Harry y Laura Ritter, y una búsqueda rápida de Google me dijo que vivían en Oregon.

—¿Señora Ritter? —dije cuando una mujer contestó el número de teléfono en listado en las páginas amarillas—. Soy Max Page.

—Hola, Max —respondió, cautelosa. No me recordaba.

—Vivíamos en el mismo vecindario —le expliqué—. Conocía a su hija. Creo que la encontré.

La mujer escuchó en silencio mientras le dije lo que había descubierto y con cuál sitio web lo había hecho.

—No es mi intención hacerla sentir mal. Pero su hija está viva. Apuesto que la encontraría si va a la policía.

Clic. La mujer me colgó la llamada.

Pensé que la policía estaba en lo correcto y dejé de tratar que los vídeos recibieran atención. Dejé de visitar la página y traté de olvidarme de ello.

Pero luego recibí un correo. Era de uno de los administradores del sitio web anunciando que tenían una actualización nueva. Ligeramente desagradado por que aún tuvieran mi información, entré en el enlace rápidamente para poder borrar mi cuenta, y fue ahí cuando entendí a lo que se referían con la actualización. Era porno gore.

Sueño en Serie

Historia escrita por - Ignacio Castellanos

Él formaba parte del porcentaje menguante de consumidores habituales de sueños a la carta, vendidos con o sin receta -dependiendo de los ingresos del ciudadano- por la empresa Dulces Sueños. Él había visto cómo aquellos sueños exquisitamente hilados de manera artificial en la red neuronal del consumidor, habían cambiado por completo la vida de las personas, convirtiendo cada escena de su vida en uno de ésos anuncios repletos de caras alegres, familias felices, y vidas perfectamente encaminadas. Pero lo que él había visto de primera mano era un manojo de inseguridades, necesitado de respuestas fáciles y manidas. Los hijos de todos aquellos consumidores duros de los sueños en serie, sufrieron los peores efectos, ya que eran incapaces de soñar; sus hijos habían heredado la incapacidad para soñar, algo que sus padres habían logrado a golpe de cirugía cotidiana.

Era tal la normalización de algo tan antinatural, que él, comenzó a sufrir una marginación social como nunca antes había vivido. Él no comprendía cómo aquellos que consideraba personas sanas y cuerdas, se sometían por propia voluntad a una cirugía que les convertía a largo plazo, en unos seres incapaces de soñar por cuenta propia.

Algunas personas compraban sueños pornográficos, la mayoría tabúes que en su vida diaria serían delitos, como violaciones y asesinatos. Otros compraban sueños en los cuales su vida estaba resuelta, y la autorrealización se encontraba a la vuelta de la esquina. Pero un día, tras dos generaciones de consumidores, comenzaron a suceder una serie de accidentes con los sueños en serie que nunca antes había ocurrido. Muchos de los que despertaban, parte de su cerebro permanecía en estado de sueño. Cinco personas murieron pensando que podían volar, y otros dos se mataron tras soñar con un suicidio. Él observaba todo esto con terror. Él nunca había estado tan solo en toda su vida. 

Tras éstos “accidentes”, muchas empresas que recibían subvenciones por parte de Dulces Sueños, comenzaron a sustituir los derechos de sus trabajadores, por dosis diarias y gratuitas, de sueños en serie. Él, con reticencia y miedo aceptó, pues de lo contrario hubiera sido puesto en la calle. El sueño en serie, ahora era un beneficio y derecho que debía ser aceptado sin reservas por el trabajador. 

Él escogió el sueño estándar “descanso reparador”, pero cada noche, soñaba que mataba y abría en canal a su mujer y sus dos hijas, tras lo cual, se ponía a mascar palillos mezclados con trozos de cristal, destrozándose la boca y muriendo finalmente de hemorragia interna. Así cada noche. 

Una historia de fogata | A Campfire Story.


Por muchos años fui un consejero de campamento durante la noche en los Muskokas. Lo amé más que cualquier trabajo que he tenido, a pesar de la paga inexistente, los campistas molestos, los días largos y las noches cortas, la comida de mierda, etcétera. Pude contar muchas historias de terror. No había nada mejor que estar alrededor de una fogata apagada con un puñado de niños de secundaria que demandaban las peores y más sangrientas historias que sabía. Y las conté todas: la niñera y la estatua de payaso espeluznante, el conductor y el despachador de gasolina horripilante, la mujer y su perro que lamía, el amigo por correspondencia.

Guardé mis mejores historias para los viajes por la noche que hacíamos en el Parque Algonquin (para los que no son canadienses, es un parque gigante en el medio de Ontario con casi ocho mil kilómetros cuadrados) cuando los días se pasaban en canoa por lagos prístinos y las noches se pasaban alrededor de la fogata, cantando y quemando malvaviscos, haciendo más ruido que nunca. Una vez que los niños se calmaban, les contaba historias de un acosador en el bosque con una cara tan horrible que paralizaba a todas sus víctimas del miedo, o del grupo de campistas que decidió pasar la noche frente al lago de un asilo para los enfermos mentales que estaba abandonado (¿O NO?) .

En esta noche particular, había terminado los cuentos —insistiendo una vez más con que eran ciertos— y envié a los campistas a sus tiendas. Había sido un día exhaustivo y ninguno de los seis niños estaba de humor para quedarse hasta más tarde. Mi amiga consejera también decidió irse a dormir, dejándome solo en un tronco caído junto a la fogata apagada. Tomé un respiro profundo del aire fresco con esencia de pino, y miré al lago. La luna parcial reflejaba la luz cristalina, y en el otro lado podía ver acantilados de muchos metros de altura. Consideré que podíamos ir en canoa, escalar un par de docenas de pies y hacer saltos de acantilado. Sonreí. El director del campamento me sacaría la cabeza si hacíamos eso. Si es que se enteraba.

Un movimiento en la punta de los acantilados atrajo mi vista. Había una pequeña luz flotando a lo largo del pico. Primero pensé que era una estrella, pero era más grande y tenía un resplandor dorado. Lentamente, se movía hacia atrás y adelante formando un arco pequeño. Mientras permanecía sentado y la miraba, apareció otra junto a la primera, flotando a lo largo de la punta del acantilado. Luego otra. Y otra. Y unas más.

Mi estómago cayó a mis pies. Tomé mi bolso y saqué mi cámara digital. Luego la enfoqué en los pequeños orbes resplandecientes y usé la función de zoom. Las conté. Y las conté de nuevo.

—Oh, mierda.

Me había levantado rápido y corría hacia las tiendas.

—¿Ey, chicos? Despierten. Debemos irnos.

Había movimiento en las tiendas, y luego tuve siete cabezas confundidas mirándome. Mi coconsejera tenía una mezcla de preocupación y rabia pura.

—Odio hacer esto —continué—, pero las nubes están viéndose muy amenazadoras. Hay una gran tormenta acercándose. Si nos atrapa, arruinará nuestro viaje.

—¿En serio? —preguntó Laura, mi coconsejera—. Estamos en el medio del bosque. ¿Adónde iríamos?

Saqué un mapa y una linterna de mi bolso.

—Hay una estación de guardabosques a unos kilómetros hacia el sur —Tracé el camino en el mapa con mi dedo—. Podemos llegar ahí en un par de horas.

Los campistas gruñeron.

—¿No podemos ir en la mañana?

—¡No! —grité; mi voz hizo eco a través del lago. Bajé el tono—: Pronto, empaquen todo y vámonos. Les contaré una historia en el camino —Sonreí, aunque podía sentir a mis labios temblar—. Es la mejor.

Eso pareció apurarlos, y, después de menos de diez minutos, las tiendas estaban guardadas y habíamos empezado nuestra excursión en el bosque con solo la guía de linternas pequeñas. Cuando estaba seguro de que nos estábamos moviendo a un paso rápido, me permití relajarme y empezar a contar mi historia de fogata favorita:


LA INVASION DE LOS ALIENS MICROSCOPICOS


Historia escrita por - Martin González

Hola me llamo Martin, aunque mi nombre es relevante. Os voy a contar una historia, la cual dejare que ustedes piensen si es verdadera o falsa…

Yo me crie en un pueblito llamado Arrieta, solía salir de aventuras con mis primos,  yo mi hermano Jacob y mis dos primos Aco y David y nos creamos un grupo llamado “comando-soft” en esa época tendría yo unos 12 años…

Mi pueblo es un pueblo costero que esta junto al mar, las casas se fueron construyendo, bordeando la marea, antiguamente era un pueblo donde todos los habitantes se dedicaban a la pesca, bueno aún siguen dedicándose a la pesca.

La primera aventura que hicimos fue a unos riscos, están al terminar una playa llamada la garita, y fue donde todo comenzó a resultarme extraño.

Recuerdo el día anterior David mi primo que era el jefe y que siempre nos metía en líos, nos reunimos en su casa, David vivía en la ciudad de Arrecife que estaba a 25 kilómetros y solía venir los fines de semanas con su madre, al pueblo de Arrieta. Siempre hacíamos cosas, nos metíamos en casas abandonadas de noche, jugábamos al escondite, en fin juegos de niños. Ese día decidió, que por la mañana temprano, preparáramos las cosas y fuéramos a investigar los riscos. Toda esa obsesión fue por que escucho hablar a su padre de que vieron unos muñecos con los que se hacían vudú antiguamente. El padre solía ir a pescar con el mío a los riscos, estaba como a 10 kilómetros del pueblo.

Por la mañana temprano, mi madre no le gustaba que fuera a ciertos sitios, y menos aún a unos riscos, donde está lleno de rocas y un resbalón que te dieras podrías hacerte muchísimo daño. Le dijimos que íbamos a la montaña y llegaríamos por la tarde.

Desperté a mi hermano Jacob y mientras él se preparaba  fui a casa de mis primos que su casa estaba pegada a la mía.  Aco mi otro primo estaba preparando las pistolas, las escondía el en su casa, porque su abuela tenía un garaje y pues tenía un buen escondite. Teníamos  4 pistolas de aire comprimido, era por precaución por si nos salía algún perro peligroso, a algún otro peligro.

Después de un rato con ellos, revisamos que tuviéramos todo lo necesario, cuerdas agua, todo lo necesario para una aventura. Mi primo Aco era muy organizado y tenía una lista que revisábamos siempre antes de salir, todo muy profesional.

Nos despedimos de la familia, y empezábamos la aventura, a mitad de camino Jacob mi hermano se resbalo y  se desparramaron por el suelo unos hierros que eran la base de las tiendas de campaña, era el que más peso llevaba, y se cabreo negándose a cargar con todos los trastos, entonces al estar a medio camino, ya faltaba 4 kilómetros para llegar a la playa donde estaba el risco, lo escondimos bajo un árbol, no teníamos problemas de que nos lo robaran, porque por esa zona no solía pasar gente. Y aparte no necesitaríamos la tienda de campaña ya que son todo acantilados de piedra.

Por fin lleguemos a la playa, y descansemos unos minutos, la marea estaba bajando y es importante porque si sube la marea,  y nos pilla dentro, nos podríamos quedar atrapados.

Nos fuimos adentrando por los riscos, y a mitad de camino, vimos 2 muñecos de vudú, pero eran extraños eran completamente rojos, del color rojo sangre, eran como robots de madera y estaban encima de una roca, la roca era completamente cuadrada, muy raro ya me empezó a parecer todo. Aco David y Jacob estuvieron bromeando, como hablando con los muñecos, hasta que como siempre mí primo David le empezó a tirar piedras, y quería romperlos.

Una de las piedras que tiro le dio al muñeco, y le rompió la cabeza, y en ese momento empezaron a salir de la cabeza del muñeco, como polvo, como si fuera una bomba de humo, pero en polvo. Mis dos primos y mi hermano empezaron a toser, yo rápidamente moje un pañuelo que tenía y me tape la boca y nariz para no respirar ese polvo. Mis primos y mi hermano se empezaron a sentirse cansados, decían ese polvo debe estar contaminado o algo y simplemente se quedaron sentados con los ojos abiertos y mirando a los muñecos. Yo les gritaba que nos fuéramos que se levantaran, que teníamos que volver, por que la marea estaba empezando a subir y corríamos el riesgo de quedarnos atrapados.

Ellos no me hablaban solo se quedaron sentados mirando los muñecos, entonces cuando los muñecos dejaron de soltar ese polvo, me acerque y los tire al mar. Pero nada, mis primos y mi hermanos seguían sentados y mirando a la roca cuadrada donde estaban los muñecos. Me acerque a mi hermano y le agarre fuerte por los brazos y moviéndole bruscamente, y fue cuando, de repente empezaron a decir, que hay una especie de grieta detrás de la roca, y decían que teníamos que entrar. La verdad no recuerdo ver esa grieta, quizás me concentraría mirando a los muñecos, de todas formas era una grieta muy fina imposible entrar por ella. Estaba buscando en la mochila una linterna para ver mejor de que se trataba, cuando David se sienta encima de la roca cuadrada, y se oyó un ruido como si se cayera una cadena, y la grieta se abrió más.

"EL PACTO DE LÁZARO"


Historia escrita por - Fernando Solano

- ¡Lázaro, ya levántate! - exclamó mi madre con un grito que llegaba hasta la calle.
- ¡Ya voy! - respondí.

Pero bueno, no sé porque mi madre insiste tanto en que yo vaya a la iglesia, no comprendo esa necedad por parte de los padres de tener que acudir a un lugar donde según es la casa de un dios todo poderoso que creo la tierra y todas las cosas que habitan en ella, incluyéndonos. El punto es, ¿por qué se aferran nuestras madres en acudir a dicho lugar?...

- ¿A qué hora Lázaro?, ¿crees que tengo tu tiempo? - decía mi mamá con un tono de molestia.
-  ¡Ya, ya, ya... vámonos! - le decía a mi mamá mientras caminábamos hacía la iglesia.

Bueno, ya estamos aquí en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, lo único bueno, son las nieves de don Francisco, son riquísimas, creo que lo compensa la levantada de mi cama en domingo.

Volteó y me pregunto ¿qué hace toda esta gente repitiendo oraciones y cantándole a un personaje ficticio?, ¿Cómo es posible que se dejen manipular tan fácilmente?. La verdad es que la iglesia es fantástica, tiene muchos detalles bastante hermosos, pues como no, con todas las limosnas que recaudan de lunes a domingo se puede juntar bastante dinero como para poner cinco iglesias más.
El punto es que no creo ni en dios, ni en el famoso satanás, o como mi abuela lo llama: Lucifer. Se me hace tan patético que la gente pueda creer y temer a estos personajes tan falsos, pero bueno, cada quién es libre de creer lo que se le dé la gana.

- ¡Lázaro! - me dice mi madre, con un tono de murmullo:
Requiero que pases a recoger unos papeles  a la casa de tu abuela, ahorita que salgamos de misa.
- Esta bien - le respondí.

No sé por qué, pero la calle de mi abuela me pone un poco nervioso, sobre todo por la casa de a lado, esa vieja propiedad me causa bastante intriga. Su energía que emana me pone un poco mal, sus paredes grises y viejas me hacen tener pesadillas en las noches más tormentosas. Recuerdo que cuando era más chico, escuchaba historias un poco macabras acerca de su dueño. Lo poco que sé es que el propietario es un viejo veterano de guerra, que cuando regreso de pelear del centro de África, no volvió a ser el mismo, bueno eso dicen sus vecinos, sobre todo mi abuela.

- Toc, toc...
- ¿Quién es? - exclamaba una voz un poco cansada.
- Soy yo abuela, Lázaro. Vine a recoger unos papeles de mi mamá - le respondí.
- Pásale, hijo. Iré a buscar los papeles. ¿No quieres un vaso de té helado antes de irte?.
- ¡Gracias abuela!, pero tengo un poco de prisa. En ese momento no me quede con la duda y le pregunte: Abuela, ¿qué sabes del señor de la casa gris?
- Pues no mucho, hijo. Solo sé que es un viejo soldado que regresó, la verdad es que no tiene familiares, vive solo, muy pocas veces lo he visto salir, cuando sale, siempre se cubre con una capucha negra, como si no quisiera que le diera el sol. Pero, repito... solo lo he visto un par de veces, es muy reservado, y al parecer no le habla a nadie.
- ¿Qué antipático, no crees abuela?.
- Hijo, no lo podemos juzgar. Aparte recuerda que es una persona mayor, no tiene familia y aparte viene de la guerra, la guerra cambia a las personas.

Después de unos minutos mi abuela me dio los papeles, y salí de su cálida casa. Cuando iba pasando en frente de la casa gris, me pude dar cuenta que se movía la cortina de una de las ventanas que daban hacía la calle. En ese momento mi cuerpo se puso helado, como si una horrible tormenta de nieve me hubiera alcanzado. Cundo me di media vuelta me percate que una persona me pedía ayuda.

- ¡Auxilio, auxilio...!, que alguien me ayude - exclamaba una persona con una voz ronca al interior de la casa gris.

Cuando entré, me percaté que había un anciano de estatura pequeña, se encontraba tirado a un lado de una vieja mecedora.

- ¿Está bien, señor? - le preguntaba mientras lo ayudaba a levantar.
- SI, gracias por acudir a mi auxilio - me respondía con una sonrisa un tanto macabra.

Cuando lo coloque cerca de la ventana, pude ver su aspecto, el cual me estremeció. La piel de su rostro era pálida y azulada, como si no le hubiera dado la luz en meses, tenía el cabello blanco (el cual solo cubría algunas partes pequeñas de su cabeza), tenía una pequeña barba de chivo, pero sobre todo, lo que realmente me asustó fue su mirada penetrante y llena de maldad, eso ojos jamás los olvidaré, eran pequeños, de color amarillento, como si fueran dos canicas. Me quede petrificado...

- ¿Todo bien?.
- Si, todo bien.
- Te pregunto porque parece como si hubieras visto al mismísimo diablo en persona - me lo mencionaba el anciano con una sonrisa un tanto burlona.
- No señor, para nada. Todo bien, lo que pasa es que me sorprendió verlo tirado y darme cuenta que nadie estaba cerca para ayudarlo.
- No hay nadie, porque vivo solo. ¿Cómo te llamas muchacho?
- Lázaro, señor.
- Mucho gusto Lázaro, mi nombre es Lucio. Por cierto te agradezco mucho por tu ayuda.
- No hay que agradecer - le respondía con un poco de prisa.
- Lo siento, me tengo que ir. Que tenga usted un excelente día y tenga mucho cuidado - me encaminaba a  la salida, al mismo momento que me despedía.
- Hasta luego, Lázaro. Ya nos veremos más adelante - me despedía mientras una carcajada tenebrosa salía de su boca seca y pálida.

 Esa misma noche me encontraba pensando en lo que había sucedido, en la situación del anciano, pero sobre todo en el aspecto que tenía. Eran las 12:00 de la noche y no podía dormir, al recordar al anciano me causaba una sensación de miedo y ansiedad, tuve que tomar una pastilla para poder dormir. Esto no era normal.

Al día siguiente me preparaba para ir a la universidad, y seguía pensando lo ocurrido el día de ayer.

- ¡Lázaro! - gritaba mi madre.
- ¿Ahora qué mamá?.
- Estos no son los papeles que te pedí, saliendo de la universidad, quiero que pases de nuevo con tu abuela, y me los traigas - me decía mi mamá mientras yo hacía muecas de enojo y frustración.

Ya en la universidad...

- Oye, Lázaro. ¿Vas a ir a la casa de Michelle esta tarde? - me preguntaba mi amigo Roberto cuando salíamos de la clase de filosofía.
- No puedo, Roberto. Tengo que ir por unos papeles a la casa de mi abuela.
- ¿Te vas a perder la reunión?. Michelle va a estar esperándote.
- Lo sé, pero mi mamá me lo pidió. Voy hacer todo lo posible por llegar más tarde.

Llegando a la casa de la abuela, me encontraba con una nota de ella que decía:

"Lázaro, hijo... regreso a las tres de la tarde,  no te muevas de ahí. Besos, tu abuela Gloria.”

- Perfecto, ahora a esperar. ¿Así o más aburrido? - gritaba con enojo mientras pateaba una lata de refresco que se encontraba en la entrada del  pórtico de mi queridísima abuela.

De repente me di cuenta que la puerta de la casa de al lado estaba abierta. En eso me entro un momento de curiosidad, pero a la vez de miedo, sin embargo, no lo pensé más y entre, fue como si una fuerza de atracción tuviera poder sobre mí. Ya estando adentro me di cuenta que la casa estaba vacía, que lo único que había era la mecedora vieja del otro día, en medio de un símbolo muy extraño. La situación empezó a ponerse un poco tenebrosa ya que no había nadie. La casa estaba con poca luz, había un olor peculiar, una combinación de huevos podridos y humedad; de pronto...

El Arbol Negro


Jessica formaba parte de la tercera generación de Belteré, y recordaba perfectamente el día en que habían cerrado la central térmica. Durante años, la central había resistido los envites de la prensa y las asociaciones medioambientales que estaban en contra de sus agentes contaminantes vertidos a los cielos, los filtros de las chimeneas en mal estado y un sin fin de normas de seguridad violadas por la compañía. Pero la mañana en que el roble de la plaza de la iglesia apareció teñido por completo de negro, y su subsiguiente revuelo viral en la red, fue el último golpe de gracia necesario para que el mundo entero se le viniera encima. Irónicamente, el fin de la central térmica fue también el final de la expansión de la ciudad. Jessica lo recordaba, y también recordaba que aquel árbol le parecía el más bello que jamás hubiera visto. Muchas noches de otoño se escapaba con su sudadera negra vieja y sus cascos, a escuchar música apoyada contra su negra corteza, con las ramas negras como el carbón bailando sobre su cabeza, dejando ver entre medias alguna estrella lejana.

Jessica había vuelto a la ciudad escapando de los problemas, nada raro o excepcional.
Se había divorciado, la habían despedido, y al pasear entre los viejos postes de teléfono de los alrededores de la ciudad rumbo a casa de sus padres, se recordaba a sí misma hacía cinco años. Recordaba todos sus sueños, sueños que aún poseía, pero que había ahogado con una huida prematura y una boda prematura. Siempre había huido, incluso por las noches huía cuando se dirigía al árbol negro.

Llegó hasta la entrada de su antigua casa. Dentro la estaban esperaban para cenar, pero decidió huir una última vez. Se soltó la melena negra, se ajustó la sudadera, se colocó los cascos, deslizó su dedo hasta la pestaña que ponía “reproducir” en la pista de audio que llevaba por nombre “rock-árbol-negro”, y se dirigió a la plaza de la iglesia. Las calles estaban desiertas, pues los martes a las once apenas había ya movimiento salvo el de algún camarero guardando las mesas y sillas de las terrazas. Era otoño, las avenidas estaban desiertas, y el aire era frío, pero no demasiado, lo suficiente para ser disfrutado. Jessica sonrió, siempre le gustó imaginarse así, por la calle, con su sudadera y música al borde del fin del mundo. Con tales pensamientos, Jessica se topó de frente con el árbol negro. Se colocó la capucha y se sentó apoyando el cuerpo contra la corteza negra. El árbol seguía igual de negro, ni siquiera había perdido las hojas como era lo natural en aquella estación. Miró por entre las ramas, pero el cielo estaba nublado y no se veían las estrellas. La música cesó, pero sólo porque la estaban llamando desde casa. Desvió la llamada, y la música continuó. Vio a lo lejos que la niebla comenzaba a descender sobre la ciudad.

Es perfecto-pensó Jessica.

Otoño, frío, niebla, su música, su sudadera y su árbol negro, pues aquel árbol era para ella, suyo. Y en parte, a ella le gustaba pensar que también era de él.

Ya no había camareros recogiendo, ni maridos con cara de resignación paseando perros diminutos. Estaba sola y la niebla ya estaba sobre ella, la rodeaba sobre aquel islote de negrura sólida que era el árbol. Miró a los lados y únicamente veía niebla, pero al mirar de frente, se le heló la espalda, había una silueta humana entre la niebla, frente a ella.
Sólo estará mirando el árbol- pensó.

Pero de pronto, aquella figura negra se hizo más grande. Se estaba acercando, corriendo muy rápido, aunque correr no sería la palabra adecuada, ya que sus movimientos se desarrollaban como si sus articulaciones estuvieran atrofiadas, y si con cada zancada todo sucediera a modo de diapositiva. Pero cuando ya casi estaba sobre ella, aquella sombra chilló haciendo que los tímpanos de Jessica rechinaran. Se levantó del suelo jadeando con la mano en el corazón, sudando y con los ojos muy abiertos. Sus cascos colgaban sobre su sudadera con la música sonando. Miró a ambos lados, y vio alguna sombra más como la otra, moviéndose alrededor del árbol.