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El juego de la llamada



ADVERTENCIA: Lo Que Se Publica En Esta Pagina, Tiene El Fin De Entretenimiento.
NO! Se Recomienda Recrear (Hacer) Ninguno De Los ''Rituales'' Que Se Encuentran En Este Sitio.
ATTE: Kevin Mendoza
 
Antes de que te explique las reglas del juego, hay una serie de requisitos que es obligatorio cumplir. Primero, tienes que estar en casa y completamente solo(a); si hay alguien más, no sucederá nada. Segundo, debes realizarlo muy tarde por la noche, más allá de las doce. Y, por último, tienes que asegurarte de tener dos teléfonos en casa. Estos dos teléfonos deben ser de tu propiedad, no pueden ser de un amigo o de un familiar, y es indiferente si son teléfonos móviles o fijos siempre y cuando solo tú tengas control de ellos.
Una vez que hayas cumplido estos requisitos, necesitarás dos habitaciones para poder jugar y ambas habitaciones deberán estar iluminadas (mientras que el resto de la casa no). 

Por razones que explicaré más adelante, asegúrate de que haya cierta distancia entre los cuartos.

Por el contrario, si alguien ha atendido la llamada, oirás un silencio mortificante, seguido por susurros extraños y sonidos parecidos a muebles moviéndose. No te asustes, y por lo que más quieras, no cuelgues la llamada, ya que la persona que está al otro lado de la línea lo verá como de muy mala educación. Una voz gutural pero manejando de forma perfecta el idioma te saludará cordialmente e iniciará una conversación.

Primero te preguntará cosas triviales. Conforme los minutos vayan avanzando, te cuestionará acerca de cosas más y más personales que te verás obligado a responder por parecer cortés. Si le llegases a decir una mentira para finalizar la conversación, como decir que tienes poca batería o poca cobertura, no reaccionará a tu gesto de la manera que planeas.

Llegará un momento en el que te preguntará en dónde está tu cuarto, y tú, habiendo caído en su manipulación, te sentirás tentado a decírselo (hazme caso, su poder de convencimiento es increíble). Ten la suficiente fortaleza como para no llegar al extremo de revelar en dónde estás. Pídele, por el contrario, jugar a un juego.

Desconectados de Amor. (+18)

ADVERTENCIA: Lo Que Se Publica En Esta Pagina, Tiene El Fin De Entretenimiento.
La sigiente historia no se recomienda leer para personas moralistas o de mentes debiles.
Contiene descripciones graficas y sexuales, No nos hacemos responsables por daños mentales.
Terror Psicologico1 se deslinda totalmente de la responsabilidad y el impacto que pueda causar esta historia. 
ATTE: Kevin Mendoza
2 DIAS ANTES DEL VIRUS BARBA ROJA.XP

La pornografía... es lo único que me satisface, es solo lo que me hace sentir más y más satisfecho, puedo ver una gran variedad de mujeres siendo penetradas por hombres en su mayoría muy bien dotados, el solo oír sus gloriosos gemidos de esas perras me hace excitar más que ninguna otra cosa... más que esa puta de mi esposa.

-Harold, ya está la comida, ¿no piensas bajar y dejar por solo un rato de ver tus cosas? - Dijo ella con un tono firme.

- ¡Yo bajare cuando sea conveniente, querida!

Aló que ella contestó con voz quebradiza y rudeza.

- ¡ya estoy harta, Harold, yo te he dado cualquier libertad de ver pornografía porque me decías que mejoraría nuestra relación...

Tire el celular a la cama y más que furioso y entrando en un ciclo de desesperación, abrí la puerta de la habitación y baje los escalones uno por uno tratando de contener la gran furia que me trataba de contener.

-A caso, cariñito, ¿tú crees que me das permiso de ver porno?, ¿te crees mi dueña?, pendeja...

A lo que con una voz más quebradiza y casi balbuceando dijo la esposa...

-Pe-pero, somos un matrimonio, debemos de est- est- estar juntos en cualquier decisi... -la esposa fue abruptamente interrumpida por Harold.

- ¡cállate!, ¡solo cierra el puto picó por primera vez en tu vida! -Dijo Harold con una voz despiada y furiosa.

-tú eres una perra descarada, ¿acaso no recuerdas el 19 de febrero?, hace apenas 3 meses?

La esposa solamente se quedó mirando a Harold de manera desconcertada y con mucha extrañeza, -a lo que la esposa tomó palabra.

-estas alucinando Harold no recuerdo nada en especial en e esa fecha...-ahora Harold furioso empezaba a gritar-.

-¡ERES UNA HIJA DE PUTA!. Harold terminando de decir esa última oración le soltó un puñetazo en la cara.
- ¡me engañaste!

La esposa ya hacía en el suelo sangrando de la boca mientras Harold se mantenía erguido con una postura dominante.

Ese 19 de febrero, la esposa desesperada y con deseo de alguien que a un minuto de tener sexo no eyaculara, como es el caso de Harold que, por ver tanta pornografía durante años, tenía el mal que ningún hombre quisiera padecer, eyaculación precoz...

La esposa contacto a un prostituto que tenía buena fama, no fue barato, pero la esposa tuvo la experiencia que en años o tal vez toda su vida habría experimentado...

Después de esa tarde, la esposa no actuaba nada bien, ya que ahora solo parecía su esclava, y sólo obedecía a su esposo en lo que fuera, sea sexo o aceptar que su marido siguiera viendo porno, solo actuaba bajo sus órdenes. Su esposo ni si quiera le pidió disculpas por el puñetazo, solo sirvió para poner una amenaza a su esposa, y si pensaba decirle a alguien lo que pasó, él se encargaría de arruinarle su vida, ya que Harold era un hombre de negocios exitoso y podría contarse a los mejores abogados.

Todo fue bajo el mandato de Harold en la casa. 

Hasta qué dos días después vino lo peor para el...

El Plan




¿Alguna vez te has sentido observado? ¿alguna vez has sentido ese sentimiento de estar siendo vigilado? si es así, permíteme contarte esta breve historia...

Antes de que aquello pasara, yo era un tipo normal. Con esposa y una hija, tenía un trabajo estable y una vida tranquila. Mi hija, Emily de 17 años es lo más preciado para mí en este mundo.

Aunque estoy aquí escribiendo estas palabras, no para contarte mi aburrida vida, sino para prevenirte de algo que todavía es un misterio sin resolver para mi vasta compresión que tengo como simple ser humano.
La mente humana es extraña, es incomprensible hasta para los mismos seres humanos y cuando creemos que logramos comprenderla del todo, parece que "algo" nos adormece para que no podamos ir más allá. Donde se encuentra la verdad del todo.

Es complicado, a veces siento como si el todo es algo intangible para mi mente, solo es comprendido como real, pero nunca tangible como tal.
Tu como yo, puedes percibir que estás viviendo, puedes percibir tus latidos como tu forma respirar, hasta puedes distinguir- en algunas ocasiones-, un sueño de la realidad. Pero aquí esta lo inquietante, que tan fina es la línea entre "Lo Real" y lo que nuestro subconsciente crea a partir de lo que percibimos.

Que será aquello omnisciente y omnipresente, que parece jalarnos de la correa cuando queremos ir mas allá de "Lo Real".

Emily, mi hija, pensaba mucho en estas cosas, a veces eran comentarios al pasar, pero había oportunidades en las cuales, el tema parecía exaltarla y ponerla muy nerviosa.

No fue hasta una noche de verano en la que nos quedamos hablando de este problemilla que la atormentaba. Solía decirme que había detalles casi imperceptibles para la mente humana, que había un sistema el cual se encargaba de que todo vaya de acuerdo al "plan".

No estábamos dentro de una computadora gigante, eso es algo muy absurdo, había algo más que superaba imaginario. Era algo más bien, de un delirio espiritual. No encontraba otra respuesta más coherente.

Al cabo de unas semanas, Emily empezó a tener unos comportamientos muy raros en ella. Se despertaba a la madrugada y se paraba en el balcón durante horas, incluso hasta que amanecía, a veces se despertaba abajo de su cama sin saber cómo había llegado ahí. O al menos eso nos decía a mí y a mi esposa.

Sucesos aún más extraños pasaron en los próximos días, hasta que una noche, sentí un ruido extraño que me causo escalofríos, como si alguien estuviera abanicándose, pero de forma muy lenta. el sonido era casi inaudible a mitad de la noche.

Me levanté de mi cama y decidí dirigirme hacia el comedor, pero el sonido no provenía de ahí, venía desde el cuarto de Emily.


Desde la oscuridad



Silvia había comenzado el descenso por la cuesta de manera suave. Siempre le gustaba comenzar las bajadas así, suave, sin pedalear, sobre su bicicleta roja y con cinco marchas.

Era finales de junio. Apenas corría el aire. El sol estaba en todo lo alto y no había nadie que observara su hazaña. Creyó que ya era hora de darle duro a los pedales cuando llevaba  un tercio del recorrido. El paisaje discurrió a toda velocidad. Muros coronados de cristales y hierros oxidados, convertidos en finas líneas rojas y grises a sus flancos.

Ya veía la meta. Una curva con un banco al lado de un olmo. El vértigo del final le sobrevino desde el vientre hasta la coronilla. Derrapó, gruñó, y observó con satisfacción cómo no perdía el equilibrio mientras ascendía el polvo sobre su rueda trasera.
Exhaló el aire que había contenido antes de detenerse y miró con orgullo la empinada cuesta y la muerte segura que acababa de esquivar en último momento. A sus nueve años se sentía la reina de toda la colina, la ciudad, el mundo entero.

-¡Silvia!

La heroína de la colina se giró y vio llegar a sus amigos de verano (de verano porque eran los únicos a parte de ella que no se irían de vacaciones fuera de la ciudad). Eran Víctor y Pablo.

-¡Eh! Creía que habíais quedado para ver Hora de Aventuras.
Ambos chicos se encogieron.

-¿Recuerdas la casa que está a la derecha del asilo abandonado? -dijo Víctor.

-¿La de las paredes grises? ¿Esa que da tan mal rollo?

-Tu madre nos dijo que estabas aquí, queríamos que vinieras a verlo tú también –contestó Pablo.

Silvia dudó un momento. Esbozó una media sonrisa y los acompañó para ver qué chorrada se habían inventado.

Los tres se plantaron frente a la verja oxidada. Bajo la luz del sol de las cuatro de la tarde, sólo parecía una casa vulgar, vieja y abandonada, sin más. De vez en cuando pasaba alguna persona con bolsas de la compra o algún coche a veinte por hora. Víctor y Pablo se mostraban excitados, con una extraña complicidad entre ambos. Se adentraron en el terreno de la casa. La hierba estaba crecida. Las moscas revoloteaban. El olor de algún gato o rata muerta llegaba desde alguna parte; aquello era lo más desagradable de la escena. Ambos chicos se arrodillaron frente a la entrada sin puerta. Silvia permanecía detrás de ellos sujetando su bicicleta roja.

-Ahora mira, ¿vale? -dijo Pablo en un tono tan solemne que Silvia tuvo que ahogar una risita aguda.

Ambos chicos la miraron ofendidos por no tomarse aquello tan en serio como ellos.
Víctor lanzó a la oscuridad de la puerta una pelota de tenis que llevaba en el bolsillo. Cayó en la oscuridad opaca del interior sin emitir sonido alguno.

-¿Y ahora qué? ¿Me vais a decir que si me atrevo a ir a por ella?

Ya se disponía a entrar en la casa pero Víctor la agarró por el brazo.

-No, espera… ¡Mira! ¡Ahí!

Si no se va la señora que me está mirando, probablemente esto es lo que pasó


Ahora mismo estoy en mi cama, intentando dormir, no sé si es mi cabeza, no sé si sólo estoy cansado...no, no puede ser eso, esa mujer no puede ser producto de cansancio, debe ser una de esas muchas veces que algo desconocido se queda mirándome, se acercan, me miran y me miran más; estoy hartándome de ello, pero nunca se quedaban mirándome en mi cama, o en mi casa pero cada vez que lo hacían era más cerca de mi casa ahora que lo pienso, empezó hace un año en un viaje a Nuevo Vallarta, era un viaje divertido pero una de esas noches decidí ir a caminar fuera del cuarto por las instalaciones del hotel, pasó una media hora y vi a una mujer pasar por los cuartos vestida con pantalón de mezclilla y una blusa fajada en su pantalón...pero lo raro fue que estaba de cabeza, caminando con las manos en el suelo y los pies al aire, cuando la vi pensé en preguntarle porque haría eso a las 11:30 de la noche pero cuando conectamos las miradas se acercó corriendo de cabeza hacia mi hasta quedar a cinco metros aproximadamente de distancia, salté del miedo y estaba esperando un ataque de esa mujer extraña pero sólo sentí frío, ni pude caminar lejos de ella por 2 minutos, estaba petrificado aceptando mi muerte pero no hizo nada, caminé lejos de ella hacia el cuarto y cuando volteé atrás no la vi. 

Esa fue probablemente la primera vez que vi algo así y siento que esa mujer está relacionada a lo que siguió pasando de ahí hasta el día de hoy, esa mujer que vi por primera vez se veía como una mujer normal, con blusa, maquillaje, pero tenía la mirada muerta, como si la luz de sus ojos ya no existiera con las pupilas dilatadas al máximo, luego empecé a ver a diversos tipos de asechamientos desde niños hasta hombres obreros y una vez fue un anciano, todos con una característica en común, los ojos...muertos, incluso empezaba a acostumbrarme, cada uno tenía nuevas posturas, nuevas contorsiones corporales, después de ellos aparecían los que tenían ojos rojos, la mirada muerta pero los ojos rojos sangre. 

El perseguidor | The Pursuer.


Esa noche, las últimas franjas de luz pálida se debilitaban en la vastedad de la ciudad. Las calles, aún húmedas por la lluvia reciente, destellaban tenuemente. El alumbrado público no había cobrado vida, y las calles permanecían suspendidas en ese apasionante momento desenfocado entre la luz y la oscuridad.


Iba camino a mi casa luego de lo que había sido un día de trabajo difícil, dejándome exhausto y desalentado. Daba pasos largos y mis manos iban recogidas en mis bolsillos a manera de puños, enterrados al fondo de la tela. Hacía frío. No un frío mordaz; uno asesino. Un frío que deslizaba sus níveas manos trepando ligeramente por mi piel —murmullos de tacto que ocasionaban piel de gallina y sospecha—. Pude sentir mi ritmo cardíaco acelerarse, mi aliento agitarse.


Me detuve, cerré los ojos y escuché el crujido ahogado de una pisada detrás de mí. Luego nada.


Alguien me seguía.


Me preparé para salir corriendo, con todos los resortes y engranajes girando, y ahora era inconfundible. Definitivamente tenía a un perseguidor.


No miré atrás, solo corrí. Mi pie golpeó el pavimento con fuerza, chirriante. Corrimos juntos, mi perseguidor y yo; un baile maníaco de alto riesgo. Por carreteras, callejones y sobre latas de basura. Al final, llegamos a mi calle. Salté apoyando el brazo sobre una valla, atravesé un patio. Llegué a mi entrada; una inspección frenética de mis llaves. No lo dudaba, si solo podía llegar a mi sótano antes de ser capturado, estaría sano y salvo en casa.


Corrí a la puerta de mi sótano, empujándola de su marco, y luego recorrí las escaleras saltando los dos últimos escalones antes de ocultarme en las sombras.


Mi perseguidor detuvo su ritmo en tanto se acercó a los escalones de mi sótano; con cada pisada, descendía todavía más hacia el brillo turbio. Un débil rayo de luz que caía, resplandeciente, desde la entrada del sótano me permitió ver la mano de mi perseguidor cepillando y palpando su camino a través de la gélida pared del sótano, buscando el interruptor de la luz. Escuché cada aliento que tomaba —irregular, pesado y húmedo—.


Cuando su mano descubrió el interruptor

He estado recibiendo cartas extrañas de la prisión de St. Louis


Quizá bajé mi guardia por el hecho de que llegó a las tres de la tarde. No tocó la puerta con la fuerza que se esperaría de un hombre de su estatura —postrándose ante mí con sus casi dos metros, de hombros anchos y de nudillos macizos—. Cuando le pregunté cómo podía ayudarlo, metió su mano en el bolsillo de su abrigo, sacó un sobre y me lo pasó. ¿Quién viste con abrigos en agosto? Tomé el sobre y le di un vistazo. El frente había sido estampado varias veces con información del Centro Penitenciario de St. Louis. Una carta de prisión; fantástico. No conocía a nadie que estuviera en prisión. Luego, me fijé en una nota adhesiva sujetada con un clip al reverso del sobre. Simplemente decía:

«Por favor permita que el mensajero esté presente para que sea testigo de la lectura de esta carta».

Miré hacia la figura del hombre que se imponía en mi pórtico. Aunque era grande, no parecía ser amenazante. En todo caso, su sonrisa tranquila me hacía pensar que era un tanto amigable. Le pregunté si sabía algo del contenido de la carta, pero el hombre alto se encogió de hombros. Asentí y lo invité a entrar.

En la cocina, nos sentamos en la mesa uno frente al otro. Le ofrecí algo de café, pero declinó en silencio. Observándolo una última vez, pelé la solapa trasera del sobre y extraje la carta de diez páginas garabateadas con caligrafía apresurada sobre papel amarillo rayado. La carta empezó:

4:03 am



Eran las 4:03 de la madrugada y me desperté gritando. Fue un sueño.

En mi sueño, vi a todo aquel que conozco o amo ser asesinado por una criatura. Su cuerpo era de baja estatura aunque voluminoso, con largos brazos delgados que terminaban en garras similares a espadas. Sus ojos eran aberturas que despedían un rojo vibrante en la oscuridad, y exhibía hileras de dientes afinados como cuernos.

Me observaba antes de aniquilar a mis allegados, y reía cada vez que los mutilaba blandiendo sus garras.

¿Y cómo nos había encontrado? Me engañó para que lo dejara entrar a mi habitación imitando la voz de mi papá. No podía entrar sin que se le concediera el permiso, me dijo esto cuando estrujó el corazón de mi mamá. El sueño acabó con la criatura produciendo su cacareo burlesco y moviéndose lentamente hacia mí, raspando el suelo con sus garras. Yo grité y me levanté. Estaba en mi dormitorio, a salvo una vez más.

4:03, escuché que llamaban a mi puerta. Me congelé al instante.

Tan Cerca…


El carrito de la compra se encontraba a tan sólo diez metros de Sara. Lo necesitaba para
cargar suministros, hasta su austero, deprimente e insalubre, refugio. Pero el carrito…el
maldito y necesario carrito, estaba encadenado en perfecta hilera a otros veinte más.
Llevaba con ella unas cizallas para la ocasión. Estaba preparada, ella siempre lo estaba,
por eso había sobrevivido al fin del mundo. Aunque el mundo seguía allí, los pájaros
cantaban, y los gatos y ratas, reinaban sobre la inmundicia y la enfermedad, pero los
muertos habían adoptado la mala e indecorosa costumbre de no permanecer muertos en
perfecta descomposición, célula a célula. Seguían siendo apestosos, e incluso se
descomponían lentamente bajo el Sol. Pero para desgracia de Sara, aún se movían y
buscaban la compañía de toda persona viva y desgraciada que se encontraran en su
rutina diaria, que consistía básicamente en deambular y soltar un sentido:

“Hugn…mmm…Hugn…”.

El muerto daba vueltas alrededor de los carritos en fila. Llevaba puesto su uniforme de
trabajo. Un polo azul y unos pantalones negros. Condenado a seguir por siempre, -o
hasta que su cuerpo se desparramara finalmente, haciéndose uno con el asfalto- en su
puesto de trabajo, cerca de los carritos de la compra. Sara nunca había tenido que
enfrentarse a ningún muerto que se negaba a permanecer tumbadito sin molestar.
Siempre había tenido la posibilidad de escapar, o pegar un rodeo. En su mano derecho
aferraba las cizallas, sin duda podría usarlas como arma. Pero no quería, no podía.
Quizá, si lo atrajera y después volviera corriendo hacia los carritos, tendría una
oportunidad de cortar la cadena en el tiempo transcurrido hasta que el diligente
trabajador, volviera a su perenne puesto de trabajo. Sara se armó de valor, se acercó lo
suficiente como para poder leer el nombre en la chapita de identificación. Se llamaba
Armando.

Armando se giró torpemente con la mirada perdida hacia Sara, emitió su típico,
“Hugn…mmm” y arrastró sus pies descalzos y desollados hasta la muchacha que tenía
enfrente suyo. Sara se preguntó el por qué de sus pies descalzos, quizá en algún
momento había necesitado todo el sigilo de que sus pies eran capaces, pero a juzgar por
los mordiscos en brazos y pies, no le había salido muy bien la jugada.

Sara lo atrajo con facilidad, alejándolo unos cincuenta metros de su principal objetivo
vital en aquellos instantes. Se sonrió con nerviosismo mientras recordaba cuales habían
sido sus anteriores objetivos vitales antes de aquello, irónicamente le parecían
gilipolleces sin importancia. Volvió corriendo hasta los carritos. Intentó con todas sus
fuerzas cortar una de las cadenas, pero no era capaz de romperlas por mucho que lo
intentaba. Armando ya estaba de vuelta, casi encima, de nuevo en su puesto de trabajo a
perpetuidad. Hacía mucho calor, demasiado, era verano. Sara no recordaba el mes, sólo
sabía que la temperatura llevaba siendo insoportable demasiado tiempo ya. No había
una sola nube y debían de estar a unos enfermizos 37º. Repitió el mismo proceso 5
veces más, con idénticos resultados. Se sentía mareada, Armando seguía tras ella,
siempre tras sus pasos, pues jamás se separaría de ella y su puesto de trabajo.
“Si tan sólo pudiera derribarlo de un golpe seco en ésa geta de imbécil…”

Teoria de las cuerdas | String Theory.


¿Alguna vez has tenido una experiencia que sugirió que alguien más estaba en tu casa, y solo pensaste «no quiero saberlo», haciéndolo a un lado? A veces, el miedo a lo desconocido parece ser la opción de preferencia ante el peligro real y concreto. Pero por lo general no sucede nada. Una vez, la función de alarma del teléfono inalámbrico de mi casa se disparó cuando yo estaba solo. Solo se podía llamar desde la sala de estar. En otra ocasión, juraría que alguien me robó un dinero del escritorio. Probablemente solo son pequeñas jugarretas desconcertantes de la memoria.



¿Pero qué harías si algo realmente sugestivo llegase a pasar? ¿Correrías, o solo lo ignorarías, como yo hice?

El lunes anterior fue un día normal. Me levanté, me lavé los dientes, me puse mi uniforme escolar… Todos los pequeños detalles de mi ritual de mañana. Me pareció que sería otro día totalmente irrelevante, hasta que vi las cuerdas.

Había tres o cuatro cordeles gruesos en mi habitación. Se cruzaban entre sí desde las paredes alrededor de mi cama y uno estaba enlazado a la puerta. No había manera de que los hubiera ignorado antes; tuve que haberme tropezado en ellos. Estaban atados a clavos en las paredes, los cuales tampoco existían hace diez segundos.

Nadie pudo haber estado en mi cuarto mientras yo estaba en él, ni mucho menos colgarlos. Pero era temprano y mi cerebro no procesaba las cosas correctamente. Solo ignoré el panorama, desaté las cuerdas y me fui a la escuela, dejándolas hechas una bola en mi escritorio.

No mejoró después de eso. Afuera de mi hogar había cientos de ellas, atadas entre casas, alrededor de autos, a lo largo de las calles… Esto tenía que ser una broma bastante elaborada. Uno de esos programas de cámara oculta. Y también habían metido a todos los demás en ello: los transeúntes iban atados, amarrando las cuerdas en objetos hacia los que se dirigían y de los que se alejaban, como si estuvieran siguiendo el flujo que había sido desplegado para ellos.

Continué, nervioso, mi camino hacia la escuela. En el bus, todo excepto yo estaba atado a la puerta. En la escuela, grupos de amigos estaban atados entre sí; los profesores atados a mesas y pizarrones. Curiosamente, lo único que me preguntaba para ese punto era por qué yo había sido excluido.

Cuando mi amiga Lucía se sentó a mi lado en la primera clase, solo tiró su mochila en mi regazo y descansó su mentón en su mano viendo a través de mí, hacia la ventana que daba a la intemperie.

—Ey, Lucía.

Ninguna respuesta.

—Vamos, no esperaba que a ti también te convencieran de esto.

Suspiró y empezó a sacar libros de su mochila. Todos los libros estaban atados a sus manos. Sonreí y arranqué una de las cuerdas de un libro. No pareció notarlo; en su lugar, omitió el libro por completo y lo dejó caer al suelo sin vacilar.

—Um.

Me agaché, recogiendo su libro y colocándolo de vuelta en su escritorio. No lo notó.

—Bueno, si así es como quieres jugar.

Sonreí, tratando de verme bromista, pero en realidad solo quería ocultar mi nerviosismo. Agarré todas las cuerdas atadas a ella con una mano y las retiré de su cuerpo.

—Joder, Martín. Eres como un ninja o algo.

—He estado sentado aquí más o menos por cinco minutos. —Sonreí de nuevo, aliviado de que mi amiga me haya «notado».

—¿De dónde salieron todas estas cuerdas? —resopló, aparentemente ignorante de ellas hasta ahora.

—Pensé que todos ustedes me la estaban jugando…

Se puso de pie, moviéndose hacia una esquina. Nadie más en la clase lo notó.

—¡No estaban aquí hace un minuto! ¡¿Tú las ves también?! —Su tono hacía evidente que su temor era genuino.

—Sí. ¿Pero tú no…? —fui interrumpido por mi profesora cerrando la puerta detrás de sí. Todos en la clase, a excepción de Lucía y yo, murmuraron un saludo e, incluso entonces nadie pareció notarnos.

—Todo el mundo me ha estado ignorando hoy —le dije a Lucía antes de girarme hacia mi profesora—. ¡Oye, perra! ¡No sabes enseñar ni mierda!

Ninguna reacción.

—Me voy a alejar de toda esta mamada. —Lucía movió algunas cuerdas fuera de su camino y abandonó el salón. Yo la seguí. Para mi irrefrenable asombro, nadie lo notó.

Deambulamos por los corredores, entrando y saliendo de las clases que quisiéramos. Siempre que desuníamos una silla o un libro de alguien más, era como si de pronto no les importara. Ya no existía.

Encontré a una chica que conozco en una porno



Muchos aquí en Reddit hablan de encontrar personas que conocen en /r/gonewild, o en una porno, o algo. Pero les puedo asegurar de primera mano que no siempre es como las personas dicen que es.

Tenía once años el verano que Kathy Ritter, de mi misma edad, huyó de casa, fue secuestrada, o fueran cuales fueran las mentiras que los periódicos estaban publicando aquel mes. Entre eso y que la familia Ritter se hubiese mudado luego de que el rastro se congeló, nunca comprobamos qué fue lo que pasó. Y, eventualmente, nos olvidamos de ella.

Años después, la vi de nuevo. No de manera breve, en persona, sino que en línea. En un video pornográfico.

Yo tenía dieciséis años y el video se veía reciente. Al menos, tenía una fecha de publicación reciente. Lo cerré y apagué mi computadora de inmediato. Estoy avergonzado de admitir que no fue a raíz de mi preocupación por Kathy, fue porque tenía miedo de lo que me pasaría si se me descubría viendo lo que técnicamente era pornografía infantil.

Eso ocurrió semanas antes de que la curiosidad y una noción estúpida de heroísmo adolescente —podría ser yo quien finalmente descubriese lo que le pasó a Kathy— me sobrecogieran, y regresé al mismo sitio web. Ella era sorpresivamente fácil de encontrar. Participaba en muchos videos bajo seudónimos como Katty Kathy, Kitty y similares.

Fue inútil. Todos los videos tomaban lugar en el mismo sótano, en la misma cama. Los videos eran todos iguales, más o menos. Kathy usando trajes. Kathy y otra chica. Kathy y dos hombres. Otros videos utilizaban intereses más radicales, como Kathy teniendo relaciones con un minusválido o algún actor vestido de caballo, pero no me molesté en verlos.

Sin embargo, Kathy nunca hacía juego de roles de manera activa, incluso cuando usaba trajes de enfermera o lo que sea. Ni siquiera hablaba en ninguno de sus videos. Me di cuenta de que apenas hacía sonidos —no gemía ni respiraba agitadamente—. Cuando otros actores la penetraban o utilizan otras cosas para hacerlo, no había ninguna reacción de parte de ella además del ocasional ceño fruncido.

Y, de vez en cuando, ella veía hacia la cámara. No era una mirada de enojo o resentimiento, o de súplica, como uno esperaría de alguien que estuviera siendo forzado a participar en porno. Al final, la identifiqué.

Era resignación.

Tuve que dejar de ver sus videos después de eso. Ahora estaba seguro de que eso no respondía a su voluntad, que ella había sido capturada y encasillada dentro de esa vida. Pero no había forma de que lo demostrara o de descubrir en dónde estaba.

Reporté los videos a la policía, pero nada salió de ello. Dijeron que no había manera de probar con seguridad quién era la chica de los videos. Yo sabía que era Kathy; ellos solo habían decidido hace mucho tiempo que Kathy estaba muerta y que el caso había terminado.

Traté de presionarlos, pero me dijeron que me detuviera. «Niño, piensa en sus padres. ¿Porno? Para muchos, creer que tu hija está muerta es más confortante».

Rastreé a la familia Ritter. Mi mamá me dijo que sus nombres eran Harry y Laura Ritter, y una búsqueda rápida de Google me dijo que vivían en Oregon.

—¿Señora Ritter? —dije cuando una mujer contestó el número de teléfono en listado en las páginas amarillas—. Soy Max Page.

—Hola, Max —respondió, cautelosa. No me recordaba.

—Vivíamos en el mismo vecindario —le expliqué—. Conocía a su hija. Creo que la encontré.

La mujer escuchó en silencio mientras le dije lo que había descubierto y con cuál sitio web lo había hecho.

—No es mi intención hacerla sentir mal. Pero su hija está viva. Apuesto que la encontraría si va a la policía.

Clic. La mujer me colgó la llamada.

Pensé que la policía estaba en lo correcto y dejé de tratar que los vídeos recibieran atención. Dejé de visitar la página y traté de olvidarme de ello.

Pero luego recibí un correo. Era de uno de los administradores del sitio web anunciando que tenían una actualización nueva. Ligeramente desagradado por que aún tuvieran mi información, entré en el enlace rápidamente para poder borrar mi cuenta, y fue ahí cuando entendí a lo que se referían con la actualización. Era porno gore.

Una historia de fogata | A Campfire Story.


Por muchos años fui un consejero de campamento durante la noche en los Muskokas. Lo amé más que cualquier trabajo que he tenido, a pesar de la paga inexistente, los campistas molestos, los días largos y las noches cortas, la comida de mierda, etcétera. Pude contar muchas historias de terror. No había nada mejor que estar alrededor de una fogata apagada con un puñado de niños de secundaria que demandaban las peores y más sangrientas historias que sabía. Y las conté todas: la niñera y la estatua de payaso espeluznante, el conductor y el despachador de gasolina horripilante, la mujer y su perro que lamía, el amigo por correspondencia.

Guardé mis mejores historias para los viajes por la noche que hacíamos en el Parque Algonquin (para los que no son canadienses, es un parque gigante en el medio de Ontario con casi ocho mil kilómetros cuadrados) cuando los días se pasaban en canoa por lagos prístinos y las noches se pasaban alrededor de la fogata, cantando y quemando malvaviscos, haciendo más ruido que nunca. Una vez que los niños se calmaban, les contaba historias de un acosador en el bosque con una cara tan horrible que paralizaba a todas sus víctimas del miedo, o del grupo de campistas que decidió pasar la noche frente al lago de un asilo para los enfermos mentales que estaba abandonado (¿O NO?) .

En esta noche particular, había terminado los cuentos —insistiendo una vez más con que eran ciertos— y envié a los campistas a sus tiendas. Había sido un día exhaustivo y ninguno de los seis niños estaba de humor para quedarse hasta más tarde. Mi amiga consejera también decidió irse a dormir, dejándome solo en un tronco caído junto a la fogata apagada. Tomé un respiro profundo del aire fresco con esencia de pino, y miré al lago. La luna parcial reflejaba la luz cristalina, y en el otro lado podía ver acantilados de muchos metros de altura. Consideré que podíamos ir en canoa, escalar un par de docenas de pies y hacer saltos de acantilado. Sonreí. El director del campamento me sacaría la cabeza si hacíamos eso. Si es que se enteraba.

Un movimiento en la punta de los acantilados atrajo mi vista. Había una pequeña luz flotando a lo largo del pico. Primero pensé que era una estrella, pero era más grande y tenía un resplandor dorado. Lentamente, se movía hacia atrás y adelante formando un arco pequeño. Mientras permanecía sentado y la miraba, apareció otra junto a la primera, flotando a lo largo de la punta del acantilado. Luego otra. Y otra. Y unas más.

Mi estómago cayó a mis pies. Tomé mi bolso y saqué mi cámara digital. Luego la enfoqué en los pequeños orbes resplandecientes y usé la función de zoom. Las conté. Y las conté de nuevo.

—Oh, mierda.

Me había levantado rápido y corría hacia las tiendas.

—¿Ey, chicos? Despierten. Debemos irnos.

Había movimiento en las tiendas, y luego tuve siete cabezas confundidas mirándome. Mi coconsejera tenía una mezcla de preocupación y rabia pura.

—Odio hacer esto —continué—, pero las nubes están viéndose muy amenazadoras. Hay una gran tormenta acercándose. Si nos atrapa, arruinará nuestro viaje.

—¿En serio? —preguntó Laura, mi coconsejera—. Estamos en el medio del bosque. ¿Adónde iríamos?

Saqué un mapa y una linterna de mi bolso.

—Hay una estación de guardabosques a unos kilómetros hacia el sur —Tracé el camino en el mapa con mi dedo—. Podemos llegar ahí en un par de horas.

Los campistas gruñeron.

—¿No podemos ir en la mañana?

—¡No! —grité; mi voz hizo eco a través del lago. Bajé el tono—: Pronto, empaquen todo y vámonos. Les contaré una historia en el camino —Sonreí, aunque podía sentir a mis labios temblar—. Es la mejor.

Eso pareció apurarlos, y, después de menos de diez minutos, las tiendas estaban guardadas y habíamos empezado nuestra excursión en el bosque con solo la guía de linternas pequeñas. Cuando estaba seguro de que nos estábamos moviendo a un paso rápido, me permití relajarme y empezar a contar mi historia de fogata favorita:

…

"EL PACTO DE LÁZARO"


Historia escrita por - Fernando Solano

- ¡Lázaro, ya levántate! - exclamó mi madre con un grito que llegaba hasta la calle.
- ¡Ya voy! - respondí.

Pero bueno, no sé porque mi madre insiste tanto en que yo vaya a la iglesia, no comprendo esa necedad por parte de los padres de tener que acudir a un lugar donde según es la casa de un dios todo poderoso que creo la tierra y todas las cosas que habitan en ella, incluyéndonos. El punto es, ¿por qué se aferran nuestras madres en acudir a dicho lugar?...

- ¿A qué hora Lázaro?, ¿crees que tengo tu tiempo? - decía mi mamá con un tono de molestia.
-  ¡Ya, ya, ya... vámonos! - le decía a mi mamá mientras caminábamos hacía la iglesia.

Bueno, ya estamos aquí en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, lo único bueno, son las nieves de don Francisco, son riquísimas, creo que lo compensa la levantada de mi cama en domingo.

Volteó y me pregunto ¿qué hace toda esta gente repitiendo oraciones y cantándole a un personaje ficticio?, ¿Cómo es posible que se dejen manipular tan fácilmente?. La verdad es que la iglesia es fantástica, tiene muchos detalles bastante hermosos, pues como no, con todas las limosnas que recaudan de lunes a domingo se puede juntar bastante dinero como para poner cinco iglesias más.
El punto es que no creo ni en dios, ni en el famoso satanás, o como mi abuela lo llama: Lucifer. Se me hace tan patético que la gente pueda creer y temer a estos personajes tan falsos, pero bueno, cada quién es libre de creer lo que se le dé la gana.

- ¡Lázaro! - me dice mi madre, con un tono de murmullo:
Requiero que pases a recoger unos papeles  a la casa de tu abuela, ahorita que salgamos de misa.
- Esta bien - le respondí.

No sé por qué, pero la calle de mi abuela me pone un poco nervioso, sobre todo por la casa de a lado, esa vieja propiedad me causa bastante intriga. Su energía que emana me pone un poco mal, sus paredes grises y viejas me hacen tener pesadillas en las noches más tormentosas. Recuerdo que cuando era más chico, escuchaba historias un poco macabras acerca de su dueño. Lo poco que sé es que el propietario es un viejo veterano de guerra, que cuando regreso de pelear del centro de África, no volvió a ser el mismo, bueno eso dicen sus vecinos, sobre todo mi abuela.

- Toc, toc...
- ¿Quién es? - exclamaba una voz un poco cansada.
- Soy yo abuela, Lázaro. Vine a recoger unos papeles de mi mamá - le respondí.
- Pásale, hijo. Iré a buscar los papeles. ¿No quieres un vaso de té helado antes de irte?.
- ¡Gracias abuela!, pero tengo un poco de prisa. En ese momento no me quede con la duda y le pregunte: Abuela, ¿qué sabes del señor de la casa gris?
- Pues no mucho, hijo. Solo sé que es un viejo soldado que regresó, la verdad es que no tiene familiares, vive solo, muy pocas veces lo he visto salir, cuando sale, siempre se cubre con una capucha negra, como si no quisiera que le diera el sol. Pero, repito... solo lo he visto un par de veces, es muy reservado, y al parecer no le habla a nadie.
- ¿Qué antipático, no crees abuela?.
- Hijo, no lo podemos juzgar. Aparte recuerda que es una persona mayor, no tiene familia y aparte viene de la guerra, la guerra cambia a las personas.

Después de unos minutos mi abuela me dio los papeles, y salí de su cálida casa. Cuando iba pasando en frente de la casa gris, me pude dar cuenta que se movía la cortina de una de las ventanas que daban hacía la calle. En ese momento mi cuerpo se puso helado, como si una horrible tormenta de nieve me hubiera alcanzado. Cundo me di media vuelta me percate que una persona me pedía ayuda.

- ¡Auxilio, auxilio...!, que alguien me ayude - exclamaba una persona con una voz ronca al interior de la casa gris.

Cuando entré, me percaté que había un anciano de estatura pequeña, se encontraba tirado a un lado de una vieja mecedora.

- ¿Está bien, señor? - le preguntaba mientras lo ayudaba a levantar.
- SI, gracias por acudir a mi auxilio - me respondía con una sonrisa un tanto macabra.

Cuando lo coloque cerca de la ventana, pude ver su aspecto, el cual me estremeció. La piel de su rostro era pálida y azulada, como si no le hubiera dado la luz en meses, tenía el cabello blanco (el cual solo cubría algunas partes pequeñas de su cabeza), tenía una pequeña barba de chivo, pero sobre todo, lo que realmente me asustó fue su mirada penetrante y llena de maldad, eso ojos jamás los olvidaré, eran pequeños, de color amarillento, como si fueran dos canicas. Me quede petrificado...

- ¿Todo bien?.
- Si, todo bien.
- Te pregunto porque parece como si hubieras visto al mismísimo diablo en persona - me lo mencionaba el anciano con una sonrisa un tanto burlona.
- No señor, para nada. Todo bien, lo que pasa es que me sorprendió verlo tirado y darme cuenta que nadie estaba cerca para ayudarlo.
- No hay nadie, porque vivo solo. ¿Cómo te llamas muchacho?
- Lázaro, señor.
- Mucho gusto Lázaro, mi nombre es Lucio. Por cierto te agradezco mucho por tu ayuda.
- No hay que agradecer - le respondía con un poco de prisa.
- Lo siento, me tengo que ir. Que tenga usted un excelente día y tenga mucho cuidado - me encaminaba a  la salida, al mismo momento que me despedía.
- Hasta luego, Lázaro. Ya nos veremos más adelante - me despedía mientras una carcajada tenebrosa salía de su boca seca y pálida.

 Esa misma noche me encontraba pensando en lo que había sucedido, en la situación del anciano, pero sobre todo en el aspecto que tenía. Eran las 12:00 de la noche y no podía dormir, al recordar al anciano me causaba una sensación de miedo y ansiedad, tuve que tomar una pastilla para poder dormir. Esto no era normal.

Al día siguiente me preparaba para ir a la universidad, y seguía pensando lo ocurrido el día de ayer.

- ¡Lázaro! - gritaba mi madre.
- ¿Ahora qué mamá?.
- Estos no son los papeles que te pedí, saliendo de la universidad, quiero que pases de nuevo con tu abuela, y me los traigas - me decía mi mamá mientras yo hacía muecas de enojo y frustración.

Ya en la universidad...

- Oye, Lázaro. ¿Vas a ir a la casa de Michelle esta tarde? - me preguntaba mi amigo Roberto cuando salíamos de la clase de filosofía.
- No puedo, Roberto. Tengo que ir por unos papeles a la casa de mi abuela.
- ¿Te vas a perder la reunión?. Michelle va a estar esperándote.
- Lo sé, pero mi mamá me lo pidió. Voy hacer todo lo posible por llegar más tarde.

Llegando a la casa de la abuela, me encontraba con una nota de ella que decía:

"Lázaro, hijo... regreso a las tres de la tarde,  no te muevas de ahí. Besos, tu abuela Gloria.”

- Perfecto, ahora a esperar. ¿Así o más aburrido? - gritaba con enojo mientras pateaba una lata de refresco que se encontraba en la entrada del  pórtico de mi queridísima abuela.

De repente me di cuenta que la puerta de la casa de al lado estaba abierta. En eso me entro un momento de curiosidad, pero a la vez de miedo, sin embargo, no lo pensé más y entre, fue como si una fuerza de atracción tuviera poder sobre mí. Ya estando adentro me di cuenta que la casa estaba vacía, que lo único que había era la mecedora vieja del otro día, en medio de un símbolo muy extraño. La situación empezó a ponerse un poco tenebrosa ya que no había nadie. La casa estaba con poca luz, había un olor peculiar, una combinación de huevos podridos y humedad; de pronto...

Mi chica


Su nombre es Jessica. Tiene veintiséis años, y es mi chica. Nunca había creído en el amor a primera vista hasta que la conocí. Fue un día lluvioso en septiembre del año pasado. Estaba sentándome en la parada del autobús, esperando que la lluvia parara para continuar mi caminata al apartamento, cuando se sentó en la banca a mi lado con su periódico.

No pude evitar mirarla por un momento demasiado largo. Creo que sintió que estaba mirándola, porque me miró con sus grandes ojos azules y su pelo oscuro cayendo en su cara. Me enamoré de ella inmediatamente. Hablamos por un rato; se veía nerviosa porque su autobús estaba atrasado. Finalmente llegó diez minutos después, y me metí en él con ella para que pudiéramos continuar nuestra conversación. Nos llevamos bien rápido. La vi bajarse en su parada, caminar a su casa y entrar. Luego caminé al apartamento con mariposas en mi estómago.

Me mudé con Jessica unos dos meses después de conocernos. Ambos éramos tan felices. Ella solía cantar tan hermosamente cuando se preparaba para el trabajo en las mañanas, cuando cocinaba la cena, cuando llegaba a casa, cuando se preparaba para ir a dormir. Sentía mariposas de nuevo cuando sonreía. Nunca imaginé que podría ser tan feliz.

Hacíamos todo juntos. Íbamos al cine, corríamos en el parque y amaba mirarla jugar videojuegos. Nunca había sido un fanático, pero mirarla jugar siempre era tan divertido. La vida se veía tan perfecta.

Así fue hasta que su madre falleció tres meses después de que me mudé. Jessica empezó a aislarse luego de eso. Se volvió tan deprimida que pasaba días en su casa sin moverse, sin dormir. Cuando dormía, gemía suavemente y balbuceaba cosas sin sentido, despertándose en pánico. Nuestra casa ya no contaba con el eco de su hermosa voz. Fue reemplazada con los sonidos de su llanto, desde lloriqueos gentiles hasta horas de sollozos altos. Su dolor podía escucharse desde cada cuarto de la casa. Casi nunca se iba, y sus amigas dejaron de venir; se negaba a abrir la puerta cuando tocaban. Se encerró en la habitación. Me daba tanto miedo dejarla sola que llamé a mi jefe y renuncié. Nunca le conté, pero nunca preguntó.

Me sentí tan atrapado. No podía irme. No podía comer. Dormía cuatro horas por noche con suerte. Demonios, si tenía que ir al baño, lo aguantaba hasta tener miedo de hacerme encima. Si no estoy mirándola, ella quizá… No quiero pensar en lo que pueda hacer. Trato de seguir con la vida y tener una actitud positiva. Vivo con el amor de mi vida, y cuando duerme, me levanto para acurrucarme en la cama con ella y sostener su mano mientras la abrazo, esperando que mi tacto quizá la reconforte.