Antes de empezar quiero aclarar que todo lo que escribiré a
continuación es real, y, por sobre todo, no se trata de un hecho
aislado: la persona –si es que así se puede llamarlo- que atacó a mis
amigas puede seguir persiguiendo y asesinando a jóvenes inocentes por el
mero regodeo que le debe producir el tener las manos cubiertas de
sangre, y lo que es peor, nunca ser atrapado por su metodología casi
perfecta. No pensaba revelar públicamente los detalles de esta historia,
en su momento ya declaré a la policía todo lo que tenía que contar. No
quería hacerlo por la memoria de las víctimas, además de no ser una
historia que me dé gusto contar.

Sin embargo, como se darán cuenta, me veo en la obligación de
hacerlo. Debo escribir y publicar esto lo más rápido posible, pues no sé
cuánto tiempo exacto me queda de vida. Sé que ahora mismo me está
vigilando, y que si llego a publicar esto (en dónde sea) será bajo su
consentimiento. Él sabe que no pueden encontrarlo y tal vez el hecho de
leer estas palabras inundadas de horror le cause un placer
impresionantemente profundo, dotándolo de exageradas sensaciones de goce
que alimentan su ya putrefacto ego. Por favor tomen en cuenta lo que
les voy a contar, y hagan pagar a este bastardo por todos los crímenes
que cometió y cometerá. Por favor.
Como era de costumbre en los veranos, yo y mis amigas nos íbamos de
‘acampada’ a una vieja cabaña en las profundidades de un bosque (no
recuerdo ahora mismo su nombre, pero si investigan un poco mi historia
lo encontrarán sin problemas) que se ubicaba al sudoeste del pueblo en
el que vivíamos (yo sigo aquí, escribiendo estas líneas), a unas dos
horas, o tal vez dos horas y media de viaje en bus. Es un lugar
encantador y aislado. Lo usábamos para escaparnos del ajetreo de fin de
año, vamos, para recuperar fuerzas después de los exámenes finales de la
universidad.
Sinceramente nunca pensamos en no ir al lugar; está dotado de un
magnifico lago y una vista estupenda, no podíamos negarnos a pasar unos
días en aquel paraíso. Lo que jamás creímos, ni en nuestras más
retorcidas pesadillas, fue lo que ocurriría la noche del fatídico veinte
de Diciembre, hecho que relataré a continuación, el cual es totalmente
digno de una escalofriante entrega cinematográfica de terror, al estilo
de Viernes/Martes 13. Lo que pasó fue indudablemente horrible, e incluso
suelo tener pesadillas recurrentes al tema: he estado pensando en esto
desde que ocurrió y no puedo sacármelo de la cabeza. Por suerte, el día
en que finalmente mi sufrimiento culminará está a la vuelta de la
esquina.
Sin más preámbulos, y ya entrando de lleno en la historia, sólo me
queda aclarar que sobreviví gracias a una casualidad, a un milagro de la
vida (o eso quiero creer). Lo que pasó fue tan controversial que
incluso al día de hoy me sigo preguntando si fue simplemente suerte: esa
noche, entonces, me vi obligada a utilizar el baño adjunto de la
cabaña, que se encuentra a unos diez metros del patio trasero del
terreno, entre árboles y arbustos que le daban vida a mis más retorcidos
pensamientos, ya que una de mis amigas estaba ocupando el baño
principal.
He de confesar que en un principio, naturalmente, me rehusé a
enfrentar la oscuridad de la noche, pero tras haber esperado varios
minutos me vi en la obligación de hacerlo. Cada día me agradezco por
haber tenido el valor de hacerlo, ya que gracias a eso hoy estoy en
donde estoy… y con vida. Puede sonar egoísta y malintencionado, pero
alguien debía sobrevivir para que las cosas fuesen aclaradas, para que
el mundo sepa quién es este hombre.
En cuanto salí comencé a escuchar, gracias al ensordecedor silencio
que reinaba en la zona, algunos ruidos extraños entre los arbustos de la
entrada de la casa, aunque imagine vagamente que se trataba de una
ardilla, o algún otro animal que vagase por la zona. Es un bosque, que
joder, esos sonidos, por más perturbadores que puedan llegar a ser, son
normales en zonas como esa. Además, la congestión que me provocaba el
hecho a salir sola no me dejaba pensar claramente, por lo cual el asunto
se esfumó rápidamente de mi cabeza.
Entré al baño con todos los recaudos que pude (inspeccioné la parte
trasera, alrededor e inclusive dentro del inodoro, por si acaso) y
cuando me senté escuché un ruido pavoroso proveniente de la casa, que
con el correr de las horas comprendí que se trataba de la puerta
principal al ser derribada. Acto seguido, una serie de inhibidores
aullidos y gritos de terror recorrió e inundó mis oídos: mis amigas
habían sido atacadas y yo no podía hacer nada. El pavor me paralizo,
puesto que nunca antes en mi vida había escuchado un chillido semejante,
y mucho menos de la garganta de alguna de mis compañeras.
Tras el lapsus inicial decidí ir a ver qué ocurría; mis amigas eran
miedosas, con un poco de fortuna tan solo habría entrado una rata en la
casa, y el ruido no hubiese sido más que el intento desesperado por
matarla. Pero cuando abrí la puerta y vi, por cuestiones de reflejos,
creo yo, la ventana del living casi vómito del susto y el asco que me
producía la escena que a duras penas podía ver. No me interesa alimentar
el morbo de la gente con detalles escabrosos, incluso ni siquiera
podría hacerlo correctamente, así que sólo diré que observé como un
hombre esbelto con la cara anormalmente blanca (utilizaba maquillaje o
una máscara, quiero creer) apuñalaba repetidamente a una de las chicas
con un ensañamiento poco habitual.
Anonadada por lo que estaba sucediendo, y tras ver como hilos de
sangre chorreaban por las comisuras de los labios de mi amiga, decidí
ocultarme dentro del estrecho cuarto del que acababa de salir, y desde
ahí, mirar detenidamente por la pequeña ventana enrejada que yacía en la
parte superior de la puerta. No quería seguir viendo, pienso ahora que
debería haber corrido en busca de ayuda, pero algo dentro de mí
necesitaba quedarse y ver qué pasaría. Es extraño, muchísimo de hecho,
aunque así fue. No puedo explicar algunas cosas, y esta es una de ellas.